Publicación de Habitar el Tiempo
El término «infodemia» se popularizó ampliamente durante la pandemia de COVID-19 en 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo utilizó para describir el exceso de información, tanto verídica como falsa, que dificultaba a las personas encontrar fuentes confiables y orientarse adecuadamente.
La palabra proviene de la combinación de «información» y «epidemia». Fue acuñada para describir cómo la rápida propagación de datos puede descontrolarse y generar confusión, miedo o respuestas inapropiadas en las comunidades.
Aunque el concepto tiene raíces previas, como la creciente preocupación por la desinformación digital en las redes sociales y la viralización de contenidos antes de la pandemia, su uso específico en el contexto de la salud global durante la pandemia lo consolidó como parte del lenguaje cotidiano. En particular, la OMS enfatizó que la “infodemia” no sólo estaba relacionada con la desinformación (información falsa o engañosa), sino también con el exceso de información, que puede saturar la capacidad de análisis crítico de las personas.
En un mundo interconectado donde las noticias fluyen a una velocidad vertiginosa, las personas enfrentan un desafío creciente: equilibrar la necesidad de estar informados con los efectos negativos que puede generar una exposición constante y sin filtro a los acontecimientos del mundo.
Si bien el acceso inmediato a la información ha democratizado el conocimiento, también ha abierto la puerta a la saturación emocional, el agotamiento mental e incluso a la insensibilización ante la realidad. Por otro lado, aislarse completamente de las noticias puede llevar a una desconexión de las dinámicas sociales, políticas y culturales que moldean nuestras vidas.
Vivimos en un momento histórico caracterizado por el flujo incesante de información. Las redes sociales, los sitios de noticias, los podcasts y los noticieros 24/7 han creado un entorno donde es posible estar al tanto de los sucesos globales casi en tiempo real. Sin embargo, esta abundancia de información no siempre resulta beneficiosa. La llamada «infodemia» —un exceso de datos, a menudo conflictivos o alarmantes— puede generar un estado de ansiedad y estrés crónico en los consumidores.
Estar expuestos constantemente a noticias negativas, como desastres naturales, conflictos bélicos o crisis económicas, puede causar lo que los psicólogos llaman «fatiga de la compasión”. Este fenómeno ocurre cuando las personas se sienten emocionalmente abrumadas e incapaces de seguir empatizando con las tragedias que ven o leen, llevándolas a la insensibilización.
Como resultado, la saturación informativa no sólo afecta nuestra salud mental, sino que también puede disminuir nuestra disposición a actuar frente a las injusticias o ayudar a quienes lo necesitan.
En el extremo opuesto, desconectarse por completo de las noticias tampoco es una solución ideal. En un mundo tan interdependiente, las decisiones políticas, económicas y sociales que ocurren en un lugar pueden tener repercusiones globales. Al alejarnos de la información, corremos el riesgo de quedarnos fuera de las conversaciones que dan forma a nuestro entorno, lo que puede llevarnos a una desconexión tanto social como intelectual.
Además, el aislamiento informativo puede ser percibido como una forma de privilegio. Para aquellos que pueden permitirse ignorar las noticias, las realidades del cambio climático, la injusticia social o las crisis humanitarias no son urgencias personales, pero para millones de personas son problemas cotidianos. No participar en estas conversaciones puede ser una forma de perpetuar las desigualdades, al renunciar a la posibilidad de contribuir a un cambio positivo y al sentimiento de humanidad compartida.
Encontrar el camino medio entre estos extremos requiere un enfoque consciente y estratégico. Algunas orientaciones para consumir noticias de manera saludable y efectiva:
1. Definir prioridades informativas
No toda noticia tiene el mismo peso ni la misma relevancia para nuestras vidas. Identificar los temas que son más importantes para nosotros —ya sea a nivel personal, profesional o comunitario— puede ayudarnos a filtrar el exceso de información, descartar lo más irrelevante y enfocarnos en aquello que realmente importa.
2. Establecer límites de tiempo
Dedicar un tiempo específico al consumo de noticias puede prevenir el hábito de revisar constantemente las actualizaciones. Esto puede implicar establecer horarios concretos para informarse, como por la mañana o la noche, y evitar ceder ante el impulso de consultar las redes sociales o las alertas de noticias durante todo el día. En esta gestión de impulsos la práctica de mindfulness puede ser tu gran aliada.
3. Elegir fuentes confiables
La calidad de las fuentes informativas tiene un impacto significativo en cómo percibimos el mundo. Optar por medios de comunicación con un historial de rigor y ética periodística reduce la exposición a desinformación, sensacionalismo o perspectivas polarizadas. Complementar esto con análisis profundos y contextos amplios puede ayudarnos a entender los problemas de manera más equilibrada.
4. Desarrollar una mentalidad crítica
Consumir noticias de forma pasiva puede intensificar los efectos negativos de la saturación informativa. Adoptar una actitud crítica implica cuestionar la veracidad, el sesgo y el propósito de cada noticia, lo cual nos permite discernir mejor lo relevante de lo superfluo y evitar caer en el alarmismo.
Es importante conocer que cuando tenemos poca energía nuestra capacidad crítica se reduce proporcionalmente. Si no te apetece aplicar la mentalidad crítica, pues supone cierto esfuerzo, mejor que no consumas noticias hasta que tengas más energía. De nuevo la práctica de mindfulness te ayudará a incrementar la consciencia de tus estados para poder regular tus acciones desde aquí.
5. Practicar el autocuidado emocional
Reconocer cuándo las noticias están afectando nuestra salud mental es clave. Tomarse descansos periódicos, desconectarse de las redes sociales o priorizar actividades que promuevan el bienestar emocional, como el ejercicio, la meditación o la lectura de ficción, puede ayudarnos a recuperar el equilibrio.
6. Participar activamente en soluciones
Sentir que somos parte del cambio puede contrarrestar la sensación de impotencia que a menudo acompaña a las noticias negativas. Participar en iniciativas comunitarias, apoyar causas sociales o educarnos sobre los problemas que nos preocupan nos devuelve una sensación de agentes del cambio.
La tecnología juega un rol dual en este desafío. Por un lado, las redes sociales y los algoritmos de las plataformas digitales pueden amplificar el problema al priorizar contenido diseñado para captar nuestra atención, muchas veces a través del miedo o la indignación.
Por otro lado, herramientas como aplicaciones de gestión del tiempo, bloqueadores de contenido y servicios de filtrado de noticias personalizadas pueden ayudarnos a controlar nuestra exposición.
Además, la alfabetización mediática —la habilidad para entender cómo funcionan los medios de comunicación y sus efectos en la sociedad— se ha convertido en una habilidad esencial en la era digital. Al comprender cómo las plataformas manipulan la información y las emociones, podemos tomar decisiones más conscientes sobre cómo y cuándo consumir noticias.
Es importante reconocer que el equilibrio entre la absorción de noticias y el aislamiento no es un algo estático, sino un proceso dinámico. Las circunstancias personales, los eventos globales y nuestras propias capacidades emocionales pueden cambiar con el tiempo, y es necesario ajustar nuestras estrategias en consecuencia.
Por ejemplo, durante momentos de crisis global, como una pandemia o un conflicto armado, puede ser necesario aumentar nuestra exposición a las noticias para estar al tanto de información crítica. En otros momentos, priorizar el descanso mental y la desconexión puede ser la mejor decisión para preservar nuestra salud y bienestar.
En última instancia, encontrar el equilibrio entre estar informado y proteger nuestra salud mental requiere un enfoque intencional, flexible y compasivo.
Informarse no debe ser un acto de consumo pasivo ni una fuente constante de angustia; debería ser una herramienta para comprender el mundo, conectar con los demás y contribuir al cambio.
Al practicar la moderación, priorizar el autocuidado y actuar de manera consciente, podemos mantenernos informados sin sacrificar nuestra paz interior. De esta manera, no sólo consumiremos noticias, sino también avanzaremos hacia una ciudadanía más empática, crítica y comprometida con un mundo en constante transformación
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