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El ejercicio de poder - I

Ejercicio De Poder I

Cuando un bebé de forma repetida pulsa el interruptor de la luz apagándolo y encendiéndolo, o bien lanza objetos desde su carrito como un biberón, su calzado, o juguetes que son recogidos una y otra vez, no es para fastidiarte (aunque según tu estado de ánimo así lo puedas sentir), pertenece a nuestro desarrollo evolutivo, siendo Jean Piaget el que enmarcó estas conductas bajo el concepto de “reacciones circulares secundarias”. Esto es de gran relevancia porque empieza a emerger la consciencia de la posibilidad de intervención en el medio, es decir, del ejercicio de poder en sus formas más básicas.

Este comportamiento refleja un descubrimiento fundamental: la capacidad de influir en el entorno. Para el bebé, no se trata de un poder consciente ni egoísta, sino de una exploración del principio de causa y efecto.

En ese momento, el bebé está experimentando cómo sus acciones tienen un impacto tangible en el mundo exterior, lo cual es esencial para el desarrollo cognitivo y emocional. Este tipo de interacción con el entorno es un paso inicial hacia la construcción de autonomía, confianza y comprensión del control.

El concepto de “poder” en este caso es más cercano a la capacidad de intervención o dominio sobre un aspecto del entorno inmediato. Es una manifestación temprana y básica de algo que, en etapas posteriores de la vida, podría evolucionar hacia el ejercicio más complejo y consciente del poder en relaciones humanas, estructuras sociales o el entorno.

En última instancia, el ejemplo del bebé subraya que el ejercicio del poder, incluso en sus formas más simples, está profundamente conectado con nuestra naturaleza humana y nuestra necesidad de interactuar, aprender y moldear el mundo que nos rodea.

Y desde una perspectiva biológica y evolutiva, nuestra supervivencia y desarrollo han dependido de nuestra capacidad para interactuar, modificar y controlar nuestro entorno de diferentes maneras.

Poder y conciencia

En sus formas más básicas, como en el caso del bebé con el interruptor, el poder está relacionado con el aprendizaje, la exploración y la construcción de la propia autonomía. A medida que crecemos, esta capacidad evoluciona y se hace más compleja, transformándose en actos conscientes y organizados que pueden tener implicaciones en la sociedad, la política, la economía o incluso en nuestras relaciones interpersonales.

Sin embargo, la manera en que ejercemos ese poder no es neutral. La intención, la ética y el contexto determinan si ese poder se convierte en una fuerza constructiva o destructiva. Esto implica que, aunque la capacidad de ejercer poder sea inherente, el uso que le damos está profundamente influenciado por nuestra cultura, valores y aprendizajes individuales.

El poder no es sólo una fuerza externa; también se manifiesta internamente, en nuestra capacidad de decidir, de cambiar nuestras propias vidas, y de enfrentar desafíos personales. Por eso, comprender el poder como una dimensión esencial de nuestra naturaleza implica también reflexionar sobre cómo lo canalizamos y lo equilibramos, tanto en nosotros mismos como en nuestras interacciones con los demás.

Y como podemos intuir y, por desgracia, experimentar, un ejercicio de poder sin consciencia es una fuente inagotable de malestar y sufrimiento en el mundo.

La semilla de las relaciones tóxicas

Cuando perdemos la conciencia del poder que ejercemos sobre otra persona, nuestra humanidad puede verse altamente perjudicada siendo un factor clave en el desarrollo de relaciones tóxicas.

El poder, cuando no se reconoce o no se gestiona de manera responsable, puede desequilibrar la dinámica de la relación, causando daño emocional, psicológico o incluso físico, de manera consciente o no.

Algunas razones por las que la falta de conciencia del poder puede llevar a relaciones tóxicas:

Desequilibrio de poder inconsciente: Cuando una persona no es consciente del poder que tiene en una relación (por ejemplo, por autoridad, dependencia emocional, vínculos afectivos o influencia), puede actuar de formas que limiten o anulen la autonomía de la otra. Esto puede generar con facilidad resentimientos, sumisión o dependencia, que son elementos característicos de una relación tóxica.

Falta de empatía: Al no reconocer el impacto de nuestras palabras, acciones o decisiones en la otra persona, podemos actuar de manera insensible o egocéntrica, ignorando cómo nuestras conductas afectan emocionalmente a la otra parte. Y muchas veces, cuando se in querer asumir la responsabilidad.

Normalización de conductas dañinas: Sin la conciencia del poder, es fácil caer en patrones dañinos, como la manipulación, el control o incluso el abuso, sin reconocer que estamos perpetuando un entorno tóxico. Esto puede suceder tanto en relaciones familiares, como en relaciones de pareja o laborales.

Ceguera ante la reciprocidad: Cuando alguien no reconoce su poder, puede también ignorar las necesidades de equilibrio en la relación. Una dinámica sana requiere que ambas partes ejerzan cierta influencia mutua, respetando límites y fomentando el crecimiento compartido. La falta de conciencia de poder desequilibrará esta reciprocidad.

El otro lado, la sumisión inconsciente: No sólo quien ejerce el poder puede contribuir a la toxicidad. La otra parte de la relación puede asumir un rol de subordinación o dependencia sin reconocerlo, perpetuando dinámicas donde sus necesidades, deseos o límites se pasan por alto.

Un síntoma claro de relación tóxica no consciente

Cuando subrayamos a la otra parte el perjuicio que causa su ejercicio de poder, elevamos súbitamente a su consciencia una imagen que no suele devolverle el espejo. Y por desgracia, frecuentemente reacciona de forma desproporcionada, negando, refutando y evitando asumir cualquier responsabilidad. Pudiendo llegar en algunos extremos y como mecanismo de defensa, a cierto nivel de violencia (en la naturaleza no hay animal más peligroso que el que está herido).

Este es un síntoma que no debemos obviar pues, aceptarlo y “ponerlo sobre la mesa”, hacerlo visible, es el primer e ineludible paso para poder sanar una relación dañina.

Cómo evitar el ejercicio del poder insano

Reflexión y autoconciencia: Es importante revisar cómo nuestras acciones o palabras afectan a los demás. Preguntarnos: ¿Estoy respetando los límites y las necesidades de la otra persona? Como casi siempre, sería muy útil la práctica de mindfulness para fortalecer esta autoconciencia.

Comunicación abierta y consciente: Hablar sobre los roles, las expectativas y las emociones dentro de la relación ayuda a equilibrar el poder y prevenir malentendidos, tensiones y conflictos. 

Reconocer el poder: Ser consciente de hasta dónde llega nuestra influencia y respetar la autonomía de la otra persona. Aprender a gestionar el impulso de ejercer poder. De nuevo el entrenamiento de mindfulness puede jugar aquí un papel decisivo.

Responsabilidad emocional: Aceptar que tenemos un impacto en los demás y que nuestras decisiones y acciones cuentan, especialmente en las relaciones más cercanas. Eso de “ponernos de perfil” bajo frases del tipo «tampoco es para tanto», fomenta y mantiene la toxicidad en una relación.

Fomentar la igualdad: Tratar de construir relaciones basadas en la reciprocidad, donde ambas partes tengan voz y capacidad de decisión.

Es muy importante subrayar que ser conscientes del poder que tenemos en nuestras relaciones no significa evitarlo, sino usarlo de manera ética y constructiva. Cuando ese poder se usa para apoyar, empoderar y construir confianza mutua, puede fortalecer las relaciones en lugar de dañarlas.

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