Publicación de Habitar el Tiempo

¿Dónde sientes el bienestar?

Rafael de Silva

A veces se encadenan circunstancias adversas que provocan todo tipo de sensaciones, sentimientos y emociones desagradables que se convierten en la tónica general. Y cuando estos sentimientos se prolongan en el tiempo se normalizan y empezamos a olvidarnos qué es sentirse bien, cómo era esa experiencia y corremos el riesgo de ahogarlas bajo la pesada carga del malestar. ¿Las rescatamos?

Bienestar en el salón

El bienestar, ¿dónde se siente?

Si te preguntan qué sientes cuando tienes ansiedad, miedo, tristeza o ira, probablemente tengas registrado en tu memoria que se manifiesta en la boca del estómago, en la tensión de tu mandíbula, en los ojos, en la garganta, en la frente, en tu respiración o en otras zonas de tu cuerpo que, aunque no sean la norma, tu cerebro ha identificado y asociado con esas emociones. Y si no lo recuerdas, no te preocupes: basta con evocar uno de esos momentos emocionales para que se reproduzcan las sensaciones en lo que podemos llamar un “mapa corporal” de tus emociones difíciles.

Sin embargo, en esos otros momentos en los que los sentimientos son más gratos, más amables, vinculados a una mayor satisfacción y bienestar, el mapa emocional suele ser más difuso, menos claro e incluso, para muchas personas, inexistente.

Sin entrar aquí a explicar por qué evolutivamente las emociones desagradables e intensas tienden a tener más peso que las agradables y satisfactorias, me voy a centrar en la necesidad de hacer consciente ese “mapeo” del bienestar.

Pero antes, un pequeño relato…

La mala suerte parecía haberse instalado en nuestra vida como una sombra pesada que se negaba a despegarse. Todo comenzó con pequeños infortunios, pero con el tiempo se acumularon hasta volverse insoportables.

Primero, Ana y yo discutíamos más de la cuenta. Al principio, por cosas sin importancia: las luces que dejaba encendidas, el desorden en la sala o cómo olvidaba siempre sacar la basura. Luego, las cosas se pusieron más tensas. La falta de dinero y el frío constante en casa nos volvían irritables, como si la casa misma estuviera envenenada. Hasta que, una noche, durante una discusión especialmente violenta, Ana hizo las maletas y se fue. No traté de detenerla; estaba demasiado cansado para eso. Al ver la puerta cerrarse, entendí que nuestra relación había terminado.

Esa misma semana, mi vida laboral comenzó a tambalearse. Mi jefe, quien hasta entonces parecía valorarme, empezó a mostrar una actitud cortante. Me asignó tareas absurdas, largas horas extra y, a menudo, me excluía de reuniones importantes. Intenté quejarme, hablarle de mis problemas personales, pero no le importó. Me sentía atrapado en el trabajo, vigilado en todo momento, esperando cada día la llamada en la que me dirían que estaba despedido. La ansiedad era insoportable.

El día en que finalmente recibí la llamada de Recursos Humanos, justo antes de Navidad, sentí cómo la poca estabilidad que me quedaba se desmoronaba. Me dijeron que había “ajustes presupuestarios” y que debía dejar mi puesto. Salí del edificio con una caja de mis cosas en brazos y me detuve en la puerta, mirando la ciudad que había sido mi hogar. Ahora estaba solo, sin trabajo, sin pareja y sin rumbo.

Volví a la casa, ese cascarón frío y deteriorado que una vez habíamos llamado hogar. Con la caldera rota y la gotera en el techo que había dejado la última tormenta, era un lugar desolador, casi inhabitable. No había ni una sola habitación que no tuviera algún daño, como si todo en mi vida —las paredes, los muebles, las personas— estuviera roto, caído en pedazos, exactamente como yo.

Pasaron semanas, y la soledad y el silencio de las paredes se volvieron insoportables. A veces, sentado en la oscuridad de la sala, me parecía escuchar ecos de mis propios pensamientos, como si la casa misma se burlara de mí, como si murmurara “nunca saldrás de aquí”. Y, a esas alturas, ya no estaba tan seguro de que fuera una broma.

Sin el dramatismo exacerbado de este relato, a veces las circunstancias de la vida te hacen atravesar períodos de cierta oscuridad en los que parece que los dioses se han confabulado para fastidiarte, como a Ulises en su Odisea. Acontecimientos que se encadenan, y el miedo, la ira, la tristeza y sus derivados acaban inundando toda tu experiencia en una especie de continuo “eje del mal” que, sin llegar a tales extremos, podemos definir como una experiencia subjetiva de malestar prolongado. En el acerbo popular, y con todo respeto, existen dichos como «parece que te ha mirado un tuerto», como símbolo de un maleficio que se ha vertido sobre ti.

Esta sensación, cuando se prolonga en el tiempo, llega a establecerse como el clima emocional por defecto. Es decir, se normaliza un sentir en el que empezamos a perder la referencia de cómo era no sentirnos así. Y, como es predecible, en este terreno fértil en malestar, brotan fácilmente el desánimo y la pérdida de motivación e ilusión. Estos estados, si no tomamos conciencia de ellos e intervenimos, pueden desembocar en desórdenes como la depresión.

¿Y qué podemos hacer?

En estas circunstancias parece irrisorio dedicar momentos del día a recuperar pequeñas cosas gratas que nos suceden, pero es precisamente lo más oportuno y saludable. Sin buscar la grandilocuencia ni el éxtasis sensorial en cada acción, el día está lleno de pequeños momentos agradables: una conversación amena, un paseo por el parque temprano cuando el día empieza y la vida se siente en sus ramas, un café con tu pastel preferido en la pastelería cerca del trabajo, una lectura ligera en el transporte que te hace sonreír, una buena ducha tras un día difícil, taparse con la manta en el sofá cuando hace frío y puedes refugiarte en el confort de tu hogar…

Cuando elevamos a la conciencia estos momentos, que habitualmente pasan desapercibidos bajo la sombra de los acontecimientos difíciles, actúan por sí mismos como un poderoso regulador de tu clima emocional. Pero aquí viene la gran propuesta: además, localiza cómo se expresan estos momentos gratos en tu cuerpo: ¿tu respiración es menos agitada, más profunda? ¿Sientes la relajación en tu rostro? ¿Una leve sonrisa? ¿Un tono de voz más amable? ¿Menos tensión en los hombros, mandíbula, pecho…?

Será este mapa corporal del bienestar el que te ayude a tomar conciencia y comprender que, hasta en los momentos más difíciles, hay algo de luz en la oscuridad. No porque debas creerlo, sino porque lo sientes y experimentas.

Aprende a escucharte y a no desconectar de lo que sientes cuando estás bien. Ya que, cuando te sientes mal, no necesitas esforzarte mucho para notarlo, ¿verdad?

Este ejercicio, esta conciencia, se vuelve un antídoto imprescindible para esas circunstancias tan difíciles en las que, por su intensidad y duración, han llevado a muchas y muchos de mis alumnos a expresar algo tan grave como «es que ya no recuerdo qué es sentirse bien».

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