Publicación de Habitar el Tiempo
Hacer y hacer. Nos identificamos tanto con el hacer que nos acabamos creyendo que somos lo que hacemos. Y además, que nuestro valor es definido por el resultado de nuestras acciones.
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha hilvanado su identidad con los hilos de sus acciones, entretejiendo su reflejo en la urdimbre del oficio. Como un alquimista de sus días, ha forjado su ser en la fragua del hacer, consumiendo sus horas en el vaivén incesante del deber. Pero, ¿es nuestra esencia un reflejo del esfuerzo o habita en las pausas, en los silencios donde no se crea ni se produce? ¿Seremos más que el eco de nuestras ocupaciones, más que la sombra de nuestras obras?
Nuestra identidad es un tapiz complejo, donde se entrelazan memorias, deseos, valores y creencias. Pero en un mundo que venera la productividad y aplaude la conquista del tiempo, nuestra imagen y valía parece desdibujarse si el trabajo nos es arrebatado o no cumplimos las expectativas propias y ajenas. Desde la infancia, nos enseñan a moldear nuestro valor en torno a lo que creamos, conseguimos, construimos o resolvemos, hasta que un día nos miramos en el reflejo de nuestra obra y nos preguntamos: ¿qué queda de mí cuando el telar se detiene?
El hacer es una sombra fiel, nos sigue en cada día, nos da estructura y sentido. Pero, ¿a caso el sol brilla menos cuando la sombra desaparece? Quien basa su identidad sólo en su hacer, corre el riesgo de desdibujarse en la ausencia de las acciones, como un navegante sin estrella que lo guíe.
Cuando la identidad se aferra demasiado al hacer, se convierte en un castillo de arena que el más leve oleaje puede desmoronar. Las tormentas del fracaso, del cambio, del ocaso de una profesión o el cierre de un ciclo pueden hacer tambalear nuestra imagen interna, nuestra valía, hasta dejarla en ruinas.
Cuando todo se detiene, la identidad vacía resuena con el eco de la incertidumbre. Si somos sólo lo que hacemos, nuestra labor, ¿qué seremos cuando el telar deje de girar?
El espejo roto del reconocimiento: Si nuestra valía depende de la mirada ajena, cualquier falta de aplauso puede dejarnos desnudos ante la duda.
La trampa de la rutina sin alma: Si nuestra labor deja de reflejar nuestra esencia y se convierte en una jaula, el alma grita en su silencio.
El vaivén de la comparación: En un mundo donde la gloria ajena brilla en vitrinas digitales, nos vemos tentados a medirnos por conquistas ajenas, olvidando que cada viaje tiene su propio tiempo.
Si la identidad se ha cubierto con el velo del hacer, entonces el camino de regreso a uno mismo debe comenzar con el arte de despojarse. La verdadera esencia no se mide en logros ni en oficios, sino en la profundidad del ser que habita dentro, libre de etiquetas y aplausos:
Somos creadores, somos hacedores, pero somos algo más. Más allá del telar donde se hila las tareas diarias, existe un espacio donde la identidad respira libremente, sin peso, sin máscaras. En ese lugar, más allá del trabajo y del hacer, habitamos en nuestra esencia más pura, simplemente siendo.
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