Publicación de Habitar el Tiempo
Hay algunas personas que cuando sienten que están perdiendo poder o su rol en una relación, pueden reaccionar con conductas insanas que buscan recuperar el control o proteger su posición percibida de influencia. Estas conductas suelen ser perjudiciales tanto para la relación como para las personas involucradas.
Algunos síntomas que te alertarán de estas conductas en ti o en la otra persona:
1. Sobreprotección o control excesivo
La persona intenta imponer su influencia en todos los aspectos de la vida del otro, bajo la excusa de «protegerlo» o «saber qué es mejor para él/ella”. Por ejemplo cuando un miembro de la relación revisa constantemente el teléfono del otro o trata de controlar sus amistades y actividades.
2. Manipulación emocional
Se usan las emociones como herramienta para influir en el comportamiento del otro, a menudo recurriendo al chantaje emocional o a la culpa. Ejemplos de esta conducta los tenemos cuando se usan frases del tipo «Si realmente me quisieras, harías lo que te he pedido» o cuando una pareja amenaza con terminar la relación si el otro no sigue sus deseos. Y en casos más extremos, incluso se amenaza con el suicidio si la otra parte no se comporta como se le solicita.
3. Celos o paranoia extrema
La persona experimenta un miedo irracional de ser desplazada o abandonada, lo que lleva a conductas posesivas y desconfiadas. Como por ejemplo cuando un miembro de la pareja revisa los correos electrónicos, los mensajes, y supervisa los encuentros con terceros y cualquier otra acción para «asegurarse» de que no está siendo traicionada.
4. Descalificación o crítica constante
Se busca menospreciar las decisiones o acciones del otro para reducir su autonomía y mantenerlo dependiente. Frases del tipo «Eso es una estupidez», «No tienes idea» son frecuentes en este contexto. Además constantemente señala errores inexistentes del otro para mantenerlo inseguro y subordinado.
5. Resistencia pasiva o sabotaje
En lugar de abordar el problema de frente, la persona actúa de manera pasivo-agresiva o sabotea los esfuerzos del otro por llegar a un acercamiento. Vamos lo que coloquialmente llamamos “ponerse de perfil”. Sirva el ejemplo de una madre que «olvida» cumplir con los acuerdos pactados con su hija, cambiando continuamente a su favor el recuerdo de lo que se habló, porque no acepta el cambio de dinámica en la relación.
6. Aislamiento
Se intenta limitar e incluso restringir el acceso a otras relaciones para mantener el control. Como cuando un miembro de la pareja insiste y presiona para que el otro no hable con ciertos amigos, justificando que son una fuente de conflictos, que son personas interesadas y dañinas.
7. Uso de la agresión verbal o física
No es poco frecuente que la frustración por la pérdida de poder escale a comportamientos abusivos, como gritos, insultos o incluso violencia física. Y es habitual que la pareja explote en discusiones agresivas cuando observa que la otra parte está ganando en autonomía y siente su pérdida de poder o influencia.
8. Dependencia emocional extrema
La persona se victimiza y crea un ambiente donde el otro se siente culpable por buscar su autonomía, por intentar conseguir su espacio e intimidad. Frases como «Eres lo único que me queda en la vida» son una expresión no poco frecuente cuando el otro comienza a distanciarse.
9. Control económico o financiero
Se restringe el acceso a recursos financieros para mantener la dependencia. Como cuando un miembro de la relación no permite o dificulta que el otro trabaje o maneje dinero propio para evitar que gane independencia.
10. Rechazo al cambio o sabotaje de la autonomía
La persona niega la realidad del crecimiento o la necesidad de autonomía del otro y toma medidas activas para bloquear su desarrollo. Por ejemplo cuando un jefe impide que un empleado tome cursos de capacitación porque teme perderlo, o un padre que desalienta a su hijo a mudarse para realizar estudios lejos de casa.
Reconocimiento y autoconciencia: La persona que experimenta miedo a la pérdida de poder debe reflexionar sobre sus emociones y comprender que las relaciones sanas requieren equilibrio y confianza. Mirarse al espejo no es algo sencillo. Pero hacerlo con aceptación y desde la amabilidad es un paso de valentía que la práctica de mindfulness favorece.
Establecimiento de límites: La otra parte debe establecer límites claros para proteger su autonomía sin caer en confrontaciones destructivas. Mindfulness ayuda a gestionar los impulsos de evitación y pintar conscientemente esa linea roja infranqueable que mantendrá a salvo tu integridad.
Diálogo abierto: La comunicación consciente que entrenamos con mindfulness te permitirá hablar abiertamente, con empatía y respeto sobre las preocupaciones y emociones que están sosteniendo una relación insana. Lo que ayudará a ambas partes a encontrar soluciones y puntos intermedios.
Apoyo profesional: Cuando tu traje de “super-mindfulness” no da más de sí y estas conductas persisten o escalan, hay que ser humildes y buscar ayuda de un terapeuta o consejero que nos ayude a romper los patrones tóxicos. La conciencia de necesitar ayuda y la aceptación de que no tenemos los recursos internos o fortalezas para salir adelante en un momento dado, es favorecida por la práctica de mindfulness.
Practicar mindfulness: una mayor consciencia, regulación emocional, autoconocimiento y menor impulsividad, es el lecho en el que reposar y sanar estas conductas tan limitantes y en ocaciones, destructivas.
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