Publicación de Habitar el Tiempo

La promesa nos motiva más

Promesa motivante

Solemos hablar de la motivación como si fuera una energía caprichosa, casi atmosférica. “Hoy no tengo motivación”, decimos, del mismo modo que diríamos “hoy está nublado”. Algo que viene y va, que aparece o se esfuma sin que sepamos muy bien por qué. Pero cuando observamos con un poco más de atención —no desde una lectura rápida del artículo de psicología en la revista del domingo, sino sumergiéndonos en nuestra experiencia vivida— empieza a emerger una verdad algo incómoda: muchas veces no actuamos por lo que estamos viviendo ahora, sino por lo que esperamos sentir después.

No es el presente lo que nos mueve, sino una promesa. Ni el placer real, sino su anticipación. Tampoco el ahora, sino la imagen de un futuro en el que, por fin, algo sucederá.

Esta idea, tan sencilla en apariencia, abre un territorio de reflexión profundamente fértil donde se encuentran la neurociencia, la psicología profunda, la filosofía pesimista de Schopenhauer y la crítica radical del budismo a nuestra relación con el tiempo. Y es especialmente reveladora cuando la ponemos en diálogo con prácticas como el mindfulness, que no se orienta en “llegar a algo”, sino en volver a lo que ya está ocurriendo.

Anticipar ya es una forma de sentir

Desde la neurociencia sabemos hoy algo que desmonta muchos mitos culturales: el sistema dopaminérgico —tan invocado cuando se habla de motivación— no se activa principalmente cuando alcanzamos una meta, sino antes. La dopamina no es la sustancia del disfrute pleno, sino de la expectativa. El cerebro no se excita tanto con el resultado como con la posibilidad.

Esto explica una experiencia humana tan común como desconcertante: deseamos intensamente algo, lo perseguimos durante meses o años, y cuando por fin llega… algo no encaja. La experiencia real es más plana, más breve, menos transformadora de lo que imaginábamos. A veces incluso aparece una sensación de vacío.

Esa meta alcanzada, ese puesto de trabajo conseguido, esa relación de pareja perseguida, ese viaje realizado, esa casa, el bebé que no llegaba, a veces simplificado en el comentario «¿Tanto para esto?» Esfuerzo, energía, noches en vela, inversiones, conflictos, ilusiones, miedos, sacrificios,…

No porque lo conseguido sea malo, sino porque la energía que nos empujaba estaba sostenida por el futuro. Y el futuro, al llegar, deja de existir como motor. La motivación se nutría de una imagen. Cuando esa imagen se disuelve, la fuerza que nos movía se queda sin alimento.

Por eso tantas metas cumplidas no traen descanso, sino la necesidad inmediata de otra meta. El deseo no se sacia: se desplaza.

¿Buscamos placer… o alivio?

Aquí conviene afinar la mirada. ¿Qué es exactamente lo que anticipamos cuando decimos que “queremos algo”? ¿Placer genuino? ¿O más bien alivio?

Schopenhauer fue especialmente preciso —y profundamente incómodo— al formular esta cuestión. Para él –y para muchos otro filósofos y corrientes psicológicas de pensamiento–,el deseo no nace de la plenitud, sino de la carencia. No buscamos tanto disfrutar como dejar de sufrir. Comemos para calmar el hambre, trabajamos para reducir la inseguridad, buscamos reconocimiento para aliviar una herida silenciosa que no siempre sabemos nombrar. Si observamos la pirámide de necesidades descrita por Abraham Maslow podremos dar forma y comprender la raíz de muchas de nuestras motivaciones.

Desde esta perspectiva, la motivación deja de ser una energía luminosa y se revela como lo que muchas veces es: una tensión. Algo aprieta, algo incomoda, y nos movemos para que deje de hacerlo. El futuro que imaginamos no es necesariamente feliz; suele ser, simplemente, menos incómodo que el presente.

Y esto cambia radicalmente la pregunta. Ya no es: “¿qué deseo?”, sino:

“¿de qué estoy intentando escapar?”

Conocerlo en su raíz, desnudarnos a la gran verdad de lo que realmente nos mueve, no es tarea sencilla, pues los mecanismos psicológicos de protección que evitan que nos sintamos juzgados, expuestos, vulnerables, necesitados de…, están bien armados. 

Sirva al respecto el ejemplo de Juan, un alumno de esta escuela directivo de una gran multinacional, en la que exprimía ferozmente su carrera profesional plagada de retos y sacrificios, con los que cosechaba cada vez más y más logros. En pocos años, las consecuencias para su salud empezaron a florecer, pero su fuerte motivación le seguía empujando día tras día. También su relación de pareja y familiar empezaba a deteriorarse por sus numerosos viajes, reuniones continuas e imprevistas. En su ceguera vivía prisionero de un argumento que se repetía cual mantra: «Mi mayor motivación es conseguir la mejor vida posible para mi familia». Pero una motivación oculta fue saliendo a la luz sesión tras sesión, que expresó en la frase «No podría soportar otra vez esa mirada de decepción de mi padre con la que he crecido. De no ser suficientemente digno, suficientemente válido».

No es fácil discernir, ni sabemos muy bien cómo hacerlo. Y otras veces sencillamente nos resistimos al intuir que podríamos destapar molestas verdades, como las expresadas en el ejemplo anterior. Pero si existe una honesta voluntad, la meditación se presenta como una posible y poderosa vía para ello.

El budismo y la mente que siempre llega tarde

El budismo puso el foco justo ahí, hace siglos: en nuestra relación con el tiempo. La mente —dicen— vive instalada en el “todavía no”. Siempre un paso por delante de la experiencia. Siempre proyectando un escenario donde, finalmente, estaremos bien.

El problema no es desear algo concreto. El problema es colocar el bienestar fuera del ahora. Cuando eso ocurre, el presente se convierte en un trámite, en algo que hay que atravesar para llegar a otra cosa. Vivimos como si la vida empezara más tarde. Es lo que hemos definido en esta Escuela como vivir en “modo tránsito”: «cuando salga del trabajo», «cuando llegue el fin de semana», «en las vacaciones», «cuando me jubile»,…

La motivación entendida como placer anticipado tiene aquí su reverso oscuro: nos mantiene en movimiento, sí, pero también nos mantiene en una continua y perversa insatisfacción. Nos impulsa, pero nos rompe por dentro.

Corremos hacia versiones futuras de nosotros mismos que, cuando por fin aparecen, dejan de ser futuras… y dejan de motivar, de actuar como “motor de”.

Mindfulness y la pregunta incómoda

Cuando una persona empieza a practicar mindfulness, a menudo se encuentra con una experiencia inesperada. Al reducir la proyección constante hacia el futuro, cierta forma de motivación se debilita. Y entonces surge una pregunta inquietante, casi existencial:

«Si no me estoy empujando hacia adelante todo el tiempo… ¿qué me mueve ahora?»

No es una pregunta menor. La atención plena no elimina la acción, pero sí desactiva la motivación basada en la huida. Cuando estamos realmente presentes, muchas urgencias pierden fuerza. Y con ellas, esa motivación ansiosa que necesitaba imaginar un después mejor para sostener el ahora.

Esto puede experimentarse como una pérdida, como un duelo por un yo que ha dejado de motivarse por lo que espera conseguir… O como una liberación.

Del desear al habitar

La psicología contemporánea distingue entre dos dimensiones del deseo:

– el querer (wanting), que empuja, anticipa y promete

– el gustar (liking), que saborea, permanece y habita

Nuestra cultura ha hipertrofiado el primero. Queremos mucho, anticipamos constantemente, pero nos cuesta estar. El mindfulness no elimina los objetivos, pero desplaza el centro de gravedad: del resultado al proceso, del futuro al contacto directo con la experiencia.

Curiosamente, cuando dejamos de vivir tan volcados en la anticipación, el placer no desaparece. Cambia de textura. Se vuelve menos intenso, pero más estable. Menos espectacular, pero más real.

¿Otra forma de motivación?

Quizá la cuestión no sea si podemos vivir sin motivación, sino qué tipo de motivación estamos dispuestos a sostener.

Existe una motivación menos ruidosa: menos dependiente del premio, menos obsesionada con llegar, más vinculada al sentido que a la recompensa.

No actuamos porque “así seré feliz”, sino porque esto es coherente, esto cuida, esto tiene sentido ahora. No promete euforia, pero tampoco exige denostar y huir del presente.

En definitiva

Observar nuestra motivación es una práctica profundamente reveladora. Cada impulso puede convertirse en una pregunta viva: ¿qué estoy anticipando aquí? ¿placer, alivio, validación, escape? ¿y si eso no llegara nunca?

Tal vez entonces podamos volver al cuerpo, a la respiración, a este instante concreto. Y descubrir algo inesperado: que no todo lo que nos mueve nos cuida, y que no todo lo que nos aquieta nos detiene.

Entre el deseo que nos proyecta y la atención que nos devuelve, se abre un espacio fértil. Un modo de vivir menos empujado por el futuro y más habitado en el presente.

Y, en ese espacio, la motivación no desaparece… ¡Se transforma!

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