Publicación de Habitar el Tiempo

Aprovechar la vida

Aprovechar la vida

Nos lo repiten por todas partes: “tienes que aprovechar la vida”. Como si fuera una carrera. Como si estuvieras siempre a punto de perder algo si no haces, no vas, no consigues, no sientes más y más y más. Suena bonito, claro que sí. Inspirador incluso. Pero párate un momento: ¿no te cansa? ¿No te agobia?

Porque a ver, ¿qué se supone que significa “aprovechar la vida”? ¿Tener experiencias intensas todo el rato? ¿No desperdiciar ni un minuto? ¿No aburrirte nunca? ¿Tener historias dignas de Instagram, memorias épicas, decisiones valientes? Vale. ¿Y si no tienes nada de eso? ¿Tu vida tiene menos valor?

El mandato invisible que te exprime por dentro

Esto no es sólo una frase motivadora. Es una exigencia disfrazada. Un “haz más”, “siente más”, “vive más” que te susurra todo el rato que nunca es suficiente. Y lo peor es que no te lo impone nadie. Te lo impones tú. Consciente o no. Porque es lo que has aprendido, lo que se vende por doquier como ideal de vida, lo que rezuma en nuestra sociedad mires donde mires.

El filósofo Byung-Chul Han, en su obra “La sociedad del cansancio”, habla de esto muy claro: vivimos en una “sociedad del rendimiento”. Ya no hay un jefe gritando encima tuyo. El que te grita ahora está dentro de ti. Tú eres tu propio explotador. Te dices que tienes que rendir, disfrutar, destacar, “aprovechar”. Pero ¿quién te dijo que vivir era eso?

El miedo a “desperdiciar” tu vida

Este concepto, el de la vida desperdiciada, es un veneno. Una trampa perfecta. Si no haces cosas emocionantes, si no estás siempre motivado, si no tienes un propósito grandioso, entonces estás fracasando. ¿En serio? ¿No te das cuenta de lo injusto que es eso?

Y además hay algo todavía más retorcido: cuando dices “aprovechar la vida”, estás usando sin darte cuenta una escala falsa. Como si hubiera formas de vida más válidas y otras menos. Como si viajar valiera más que quedarse. Como si lo intenso valiera más que lo suave. Como si una noche loca “contara más” que una tarde tranquila. Pero esa escala no existe. No está en ninguna parte salvo en tu cabeza. Nadie ha medido jamás cuánto vale una experiencia ni quién vivió “mejor” que quién. Esa jerarquía la fabricamos nosotros, presionados por ideales que no nos representan. Y luego nos culpamos por no estar arriba en un ranking que ni siquiera tiene sentido.

Piensa en esto: Viktor Frankl, autor del libro “El hombre en busca del sentido”, un psiquiatra que sobrevivió a campos de concentración nazis, escribió que el sentido de la vida no es algo que tengas que inventar todo el rato, sino algo que puedes encontrar en lo que la vida te pone delante. No tienes que forzarlo. A veces es más valioso acompañar a alguien, cocinar para tu familia, leer un libro lento, o simplemente descansar. Sí, descansar también es vida. ¿Te molesta esa idea? ¿Por qué?

Vivir a lo grande… ¿para quién?

Dime la verdad: cuando piensas en “aprovechar la vida”, ¿a qué te estás comparando? ¿A lo que ves en redes? ¿A esa gente que se va a Bali, emprende, tiene un cuerpo perfecto y escribe libros? ¿Te crees que esa es la medida real de una buena vida?

Barry Schwartz, auto del libro “La paradoja de la elección”, psicólogo, lo explicó con claridad: cuantas más opciones y modelos ideales tenemos, más jodidamente difícil es sentirnos satisfechos. Porque todo el tiempo podríamos estar haciendo algo “mejor”. Y eso nos deja atrapados en una rueda sin fin. En lugar de vivir, calculamos. ¿Y si te estás perdiendo la vida por intentar vivirla como crees que deberías?

“Sentido” no es lo mismo que “adrenalina”

Desde la neurociencia también te lo dicen: la búsqueda constante de placer y experiencias fuertes no te hace más feliz. Al revés. Richard Davidson, que estudia cómo funciona el cerebro emocional, autor del libro “El perfil emocional de tu cerebro”, demostró que perseguir dopamina sin pausa (ese subidón que sentimos con cosas nuevas, likes, viajes, logros) acaba dejando vacío. ¿Te suena? ¿Ese bajón que sientes después de algo que se suponía que iba a llenarte?

Lo que realmente genera bienestar a largo plazo no son los fuegos artificiales. Es la conexión. El compromiso. El descanso real. La calma. Pero claro, eso no es tan “instagrameable”.

La trampa de dejar huella

Otra cara peligrosa del “aprovecha tu vida” es la obsesión por dejar huella. Como si vivir no fuera suficiente, ahora también hay que marcar el mundo, influir, cambiar algo, ser recordado. Se nos ha metido en la cabeza que si no dejamos algo atrás —una obra, un impacto, un legado— nuestra vida fue inútil. ¿Pero por qué? ¿Quién dijo que estar vivos ya no era bastante?

Este mandato, además de imposible para la mayoría, es profundamente cruel. No todos vinimos a ser genios, revolucionarios o figuras públicas. Y eso no nos hace menos valiosos. Vivir bien no es lo mismo que ser memorable. De hecho, muchas de las vidas más plenas son invisibles: las de quienes cuidan, sostienen, acompañan sin hacer ruido. La idea de “dejar huella” transforma la vida en un espectáculo con aplausos al final. Y eso no es vivir. Eso es actuar.

¿Y si “vivir al máximo” te está amargando la vida?

Porque seamos claros: este mandato de aprovechar la vida está detrás de muchas frustraciones. Gente que cambia de carrera cada dos años porque “no le apasiona”. Que deja a sus parejas porque “no siente mariposas”. Que se angustia porque no tiene una vida espectacular a los 20, a los 30… Que cree que estar triste o aburrida es estar mal.

Y sí, también genera culpa. ¿Te has sentido culpable por no salir un fin de semana o en vacaciones? ¿Por no hacer nada productivo? ¿Por no tener planes emocionantes? ¿No ves que eso no es libertad? Es cárcel. De la más sutil, la más retorcida: la que tú mente construye con ideas de lo que tendrías que estar viviendo.

Además, ¿qué pasa con la gente que no puede “aprovechar la vida” al estilo influencer? Quien está enferma, o tiene que cuidar de otros, o simplemente no tiene tiempo ni dinero para vivir de forma épica. ¿Ellas no están vivas? ¿No son valiosas sus vidas?

Basta de exigirnos vivir como si fuéramos eternos

La filósofa Simone Weil decía que prestar atención a la vida tal y como es —sin adornarla, sin huir de ella— ya es un acto de profundidad. Y desde el budismo se nos recuerda: vivir no es controlar todo, ni acumular experiencias. Es aceptar la impermanencia, la incertidumbre, lo simple.

¿Y si lo estás viviendo bien y no lo sabes? ¿Y si eso que desprecias por “normal” o “tranquilo” es justo lo que da sentido?

No tienes que tener una vida extraordinaria. Tienes que tener una vida tuya. Eso es mucho más difícil y valiente que seguir el guion que te vendieron.

Vivir no se aprovecha. Se vive.

Así que no, no tienes que “aprovechar la vida” como si fuera una cuenta atrás llena de expectativas. Tienes que habitarla. Estar en ella. A veces será intensa. A veces será lenta. A veces será caótica o aburrida. Da igual. Todas esas formas valen. Lo que no vale es dejar que un ideal de vida se apropie de ella sin tu permiso.

Quizá lo más rebelde que puedes hacer hoy es no hacer nada. Y no sentirte mal por ello.

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