El final del verano siempre nos trae una frase cargada de memoria: la vuelta al cole. Detrás de ella se acumulan imágenes y emociones que atraviesan generaciones. Septiembre huele a papelería, a cuadernos vírgenes, a mochilas recién compradas que aún no han sido probadas por el peso de los días. Septiembre también sabe a rutina que regresa después de un tiempo suspendido, a un rito social que parece repetirse año tras año.
Pero si nos paramos a observar con detenimiento, descubrimos que algo se esconde detrás de esa aparente repetición. ¿De verdad volvemos? ¿Volvemos al mismo colegio, a las mismas aulas, al mismo trabajo, a mismo yo que éramos antes de las vacaciones? La intuición más honesta nos responde que no. Todo ha cambiado, y lo seguirá haciendo. Nada permanece. Lo que llamamos regreso es un espejismo: un modo de nombrar lo nuevo con las palabras de lo viejo.
El Buda lo expresó con palabras simples y contundentes:
“Todas las cosas compuestas son impermanentes. Cuando uno ve esto con sabiduría, se aparta del sufrimiento: éste es el camino de la purificación.” (Dhammapada, v. 277)
Nunca hay regreso posible. Porque todo ha cambiado. Porque todo está en movimiento. Porque la vida, silenciosa pero incesante, nos recuerda la verdad más simple y más difícil: todo es impermanente.
El lenguaje del regreso es un refugio contra la angustia. Decimos que volvemos al colegio al trabajo, que volvemos a casa por Navidad, que volvemos a la normalidad tras una crisis. El verbo “volver” actúa como una promesa de estabilidad: nos dice que la vida puede retornar a un punto fijo, como si el tiempo fuera reversible y pudiéramos siempre regresar a salvo.
Sin embargo, el niño que cruza las puertas del colegio en septiembre no es el mismo que salió en junio. Sus pensamientos, su cuerpo, incluso su mirada, se han transformado. Y el colegio tampoco es el mismo: nuevos compañeros, profesores ausentes, paredes pintadas. Lo que parecía un regreso es, en realidad, un comienzo.
Heráclito ya lo había anticipado: “No es posible bañarse dos veces en el mismo río.” Y Marco Aurelio, siglos después, lo repitió con otra voz:
“Todo es efímero: tanto el que recuerda como lo recordado.” (Meditaciones, IV, 35)
Creemos regresar, pero lo único que hacemos es estrenar, una y otra vez, lo que nunca antes había sido.
Lo difícil no es reconocer el cambio, sino aceptarlo. Nuestra mente se aferra a la idea de permanencia porque en ella encuentra consuelo, ignorancia de la finitud, de la muerte. Nos contamos que somos los mismos, que el mundo sigue siendo el mismo, que existe un suelo firme bajo nuestros pies. El apego a esa ilusión nos sostiene, pero también nos hace sufrir.
Nietzsche lo planteó en un lenguaje incendiario:
“Debes estar dispuesto a arder en tu propio fuego: ¿cómo podrías renovarte si no te hubieses convertido en cenizas primero?” (Así habló Zaratustra)
El yo de ayer no vuelve; lo que emerge hoy es ya otro. No hay retorno, solo transformación. No hay vuelta, solo devenir.
A diferencia de las tradiciones orientales, que hicieron de la impermanencia un principio central, Occidente ha buscado durante siglos certezas inmutables. La metafísica griega, la religión medieval y buena parte de la ciencia moderna han soñado con verdades eternas que resistan el desgaste del tiempo.
Pero esa búsqueda de lo fijo siempre ha convivido con voces que señalaban lo contrario. Heráclito ya había advertido del flujo incesante. Y Nietzsche, muchos siglos después, desnudó la obsesión occidental por lo permanente:
“Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario en las cosas como lo bello: así seré uno de los que hacen bellas las cosas. Amor fati: ¡que ése sea mi amor de ahora en adelante!” (Así habló Zaratustra)
Aceptar lo necesario, amar lo cambiante, encontrar belleza en lo que se transforma: ese es el giro que nos libera del espejismo del regreso.
El mito del retorno no solo nos afecta en lo personal, también en lo social. Después de cada crisis, escuchamos el mismo mantra: “la vuelta a la normalidad”. Pero ¿qué significa esa normalidad? Con frecuencia es solo la restauración de un sistema de hábitos, desigualdades y privilegios que damos por inamovibles.
Lo vimos con crudeza durante la pandemia. La expectativa generalizada era “volver a la vida de antes”, como si el pasado pudiera abrir de nuevo sus puertas. Pero esa vida ya no existía. Nunca existe. El tiempo no regresa, se despliega.
El sociólogo Zygmunt Bauman lo retrató con lucidez en nuestro tiempo:
“En un mundo líquido moderno no hay estructuras permanentes ni marcos de referencia sólidos: todo cambia antes de poder consolidarse en una forma definitiva.” (Modernidad líquida)
Lo único permanente es el cambio; lo único sólido es la fluidez. La promesa de volver a una normalidad estable es una ficción colectiva para adormecer la incertidumbre.
Quizá lo que necesitamos no es seguir fabricando narrativas de regreso, sino aprender a vivir narrativas de comienzo. En lugar de “la vuelta al cole”, podríamos hablar de “un nuevo curso”, “una nueva travesía”.
Las palabras no son inocentes: moldean la percepción. Cuando decimos “vuelvo”, nos contamos una historia de continuidad. Cuando decimos “comienzo”, nos abrimos a lo desconocido. El cambio de palabras es ya un cambio de mirada: donde antes había la ilusión del regreso, ahora hay apertura a lo nuevo.
Aceptar la impermanencia no significa resignarse al caos, sino aprender a descubrir la frescura de lo irrepetible. Cada septiembre es único, cada encuentro irrepetible, cada instante una oportunidad que no volverá.
El maestro zen Thich Nhat Hanh lo expresa con claridad luminosa:
“Gracias a la impermanencia, todo es posible. Sin impermanencia, no habría crecimiento, ni transformación, ni esperanza.” (No muerte, no miedo)
Al final, lo más honesto es reconocerlo: nunca hay vuelta. No regresamos al colegio, ni al trabajo, ni a la infancia, ni a la normalidad perdida. Lo que hay es este tránsito constante que nos rehace a cada instante.
Y paradójicamente, en la imposibilidad del regreso se abre la posibilidad de vivir de verdad. Porque si no hay regreso, entonces la única opción es estar aquí, despiertos, atentos. No volver, sino habitar. No regresar, sino comenzar.
Como gotas de rocío que brillan al amanecer, como relámpagos en una nube de verano: breves, efímeros, irrepetibles. Quizá esa sea la verdadera enseñanza de cada septiembre: que la vida nunca vuelve, pero siempre empieza de nuevo.
↳ Texto fundamental del budismo temprano, con sentencias breves sobre el carácter impermanente de todo lo existente. Proporciona la base espiritual y filosófica de la idea de cambio constante.
↳ Obra estoica donde el emperador romano reflexiona sobre el tiempo, la fugacidad de la vida y la necesidad de aceptar la naturaleza del cambio. Conecta la visión oriental de la impermanencia con un pensamiento occidental clásico y práctico.
↳ Texto poético-filosófico en el que Nietzsche introduce la idea del eterno retorno y la necesidad de afirmar el devenir sin nostalgia de permanencia. Otro contrapunto occidental radical al apego por la estabilidad, con una voz potente y literaria.
↳ Ensayo sociológico que describe la fluidez de las relaciones, identidades y estructuras en la modernidad tardía. Traslada la idea de impermanencia al plano social contemporáneo, en relación a la “vuelta a la normalidad” tras crisis colectivas.
↳ Obra del maestro zen vietnamita que explica con claridad y ternura cómo la impermanencia no es motivo de angustia, sino fuente de libertad y transformación. Aporta un enfoque actual, accesible y esperanzador.
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