Publicación de Habitar el Tiempo

Menos es más: Decrecimiento

Menos Es Más

Menos es más:

Tamara siempre había sentido que algo le faltaba. A su edad ya tenía un trabajo estable, una agenda llena de actividades y compromisos, un apartamento decorado con las últimas tendencias y un armario repleto de ropa para cada posible ocasión. Sin embargo, una insatisfacción persistente la atormentaba. Cada nueva compra le proporcionaba un instante de felicidad, pero esta se desvanecía tan rápido como llegaba, dejándola con un vacío aún mayor que le provocaba ansiedad. Su vida estaba llena de objetos, pero vacía de significado.

Su ansiedad alcanzó un punto crítico cuando, una noche, después de un día extenuante en el trabajo, se desplomó en el sofá y se puso a llorar sin razón aparente. Miró a su alrededor y vio su casa llena de objetos que había adquirido con la esperanza de sentirse mejor. Sin embargo, en lugar de consuelo, sentía una asfixiante sensación de frustración y sin sentido. Era como si cada prenda, cada adorno y cada aparato electrónico le recordara que estaba atrapada en un ciclo sin fin de querer más y nunca sentirse satisfecha.

Su insomnio empeoró, y empezó a experimentar episodios de ansiedad severa. Una angustia insoportable que a penas le permitía respirar. Y muchas madrugadas se sorprendía buscando en tiendas en línea cosas que ni siquiera necesitaba. Era un círculo vicioso: compraba para llenar un vacío, pero ese vacío se hacía cada vez más y más grande. El momento de mayor desesperación llegó cuando, en una reunión con amigos, se dio cuenta de que no podía recordar la última vez que se había sentido verdaderamente feliz. Mientras todos reían y compartían historias, ella sentía que estaba en otro mundo, desconectada de la vida real. ¿Qué la unía a ellos y a esta forma de vivir?

Una mañana, después de semanas de insomnio y ataques de ansiedad, tuvo una experiencia que la marcaría para siempre. Se encontraba en un centro comercial, convencida de que comprar algo nuevo le haría sentir mejor. Mientras deambulaba por las tiendas, vio a una mujer peleando con su hija pequeña porque esta quería un juguete. La niña lloraba desconsolada, mientras la madre, exasperada, le decía que ya tenía demasiadas cosas en casa con las que a penas jugaba. Tamara se quedó petrificada, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo. ¿No era ella, en el fondo, igual que esa niña? Siempre deseando más, sin aprecio alguno por lo que ya tenía.

Esa imagen se quedó grabada en su mente y el desasosiego que le generó la motivó a investigar sobre por qué nada parecía ser suficiente. Un día, mientras navegaba en internet buscando respuestas, encontró un artículo sobre la filosofía del decrecimiento. La idea de vivir con menos, de valorar la sencillez y de replantearse las prioridades captó su atención. A pesar de sus dudas y reticencias iniciales pensó «a ver si la plenitud que quiero sentir reside en dejar de buscar más cosas y aprender a desprenderme de ellas, a soltar.»

Inspirada por esta idea y con el miedo a que el agujero de la insatisfacción continua la devorara por completo, Tamara decidió hacer un experimento. Comenzó con su armario: se deshizo de la ropa que no usaba, dejando sólo lo esencial. Luego, revisó su agenda: redujo compromisos innecesarios y empezó a priorizar el tiempo para sí misma, opinaran lo que opinaran los demás. Desconectó de las redes sociales. En lugar de comprar compulsivamente, aprendió a disfrutar de la lectura de esos libros que un día compró y que sólo eran visitados por el polvo, de dar paseos por el parque que tenía cerca de casa y que a penas visitaba y de algunas conversaciones sin prisas que sucedían espontáneamente. Y poco a poco, fue encontrando una sensación de ligereza que jamás había experimentado. Notó cómo su ansiedad disminuía y como la temida hora de irse a dormir, su cama se fue transformando de un espacio de angustia, a uno de calma y reposo. 

Pero el cambio no fue fácil. Su círculo de amigos y familiares no comprendía su transformación. Algunos se burlaban de ella, diciendo que estaba pasando por  algún tipo de «crisis extraña». Otros la miraban con desaprobación, incapaces de entender cómo alguien podía renunciar al estilo de vida que tanto se había esforzado por conseguir y que todos consideraban envidiable. Llegaban incluso a echarla en cara que se estaba volviendo aburrida, de aislarse y de no querer participar en sus mismas dinámicas. ¿Por qué privarse de lo que a todo el mundo le hace feliz?, le preguntaban con perniciosa incredulidad, cuando explicaba su posicionamiento. Pero lo que no entendían era que aquellas cosas y estilo de vida no la hacían feliz, sino prisionera de una necesidad constante de más. Hubo noches en las que sintió una profunda desesperación, una especie de abstinencia de la dopamina que antes le daban las compras y la sobrecarga de estímulos. En una ocasión, después de donar varias bolsas de ropa y objetos, sintió pánico al ver su casa tan vacía. Se preguntó si estaba haciendo lo correcto privándose de las cosas que antes la ilusionaban. Fue en una de esas noches de dudas cuando recibió un mensaje de una amiga agradeciéndole por un libro que le había regalado. «Me ha ayudado mucho a cambiar mi forma forma de ver la vida», decía el mensaje. Por primera vez, Tamara sintió que dar empezaba a tener más valor que tener.

Un día decidió salir a caminar sin destino fijo. Sin su teléfono, sin música, sólo sintiendo sus pasos y su respiración. Se sentó en un parque y observó el vaivén de las hojas, las personas pasando, los sonidos de la ciudad. Fue en ese instante cuando entendió que la vida siempre había estado ahí, esperando a que ella la apreciara. Y lloró y lloró, pero esta vez no de angustia, sino por haber comprendido lo confundida que había estado y por el alivio que ahora experimentaba.

Al principio, el cambio le resultó incómodo. La idea de no estar «aprovechando el tiempo» o «que podría estar perdiéndose cosas» la inquietaba. Se sentía atrapada en la urgencia del mundo exterior, como si al soltar ciertas actividades estuviera quedándose atrás. Pero poco a poco, comenzó a sentir una calma que nunca antes había experimentado. Descubrió la satisfacción en lo simple: el olor del café por la mañana, la brisa en su rostro, el placer de escribir sin prisa en su diario. Aprendió a disfrutar el silencio, a dejar que los días fluyeran sin la necesidad de llenar cada minuto con tareas, actividades y responsabilidades innecesarias. Se volvió más consciente de en que empleaba su energía y sus recursos, de sus deseos y de lo que realmente la hacía sentirse bien. Con el tiempo, se dio cuenta de que su ansiedad había disminuido, y lo que antes le parecía una vida vacía por la falta de estímulos y elementos materiales, ahora se sentía como una existencia plena y ligera.

Su vida empezó a dejar de ser una competición constante por tener más, hacer más y demostrar más. Aprendió a valorar la tranquilidad de una vida sencilla, donde cada decisión ya no era un reflejo de expectativas ajenas, sociales, culturales, familiares sino un acto de autenticidad guiado por un motor interno, una motivación, un anhelo. Tamara comprendió que la plenitud no se encontraba en la acumulación, sino en la ligereza de vivir con lo justo y necesario, en la libertad de soltar lo superfluo y abrazar lo esencial con gratitud.

Menos era más. Y sintió que la paz no era una meta lejana, sino una decisión que ella podía tomar cada día, en cada pequeño gesto de simplicidad y gratitud.

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