Publicación de Habitar el Tiempo

Renunciar para ganar

Renunciar es ganar

Muchas de las personas de este planeta —las que vivimos en zonas no críticas del mismo, es decir, tú, pues de otro modo no estarías leyendo esto— estamos inmersas en un mar de opciones y posibilidades, de anhelos, intenciones y deseos.

Un mar cuyo origen puede situarse en nuestro propio recorrido vital y en nuestra curiosidad innata, pero mucho más en la inercia social, productiva y consumista, que empuja con susurros, voces y hasta gritos, portando mensajes del tipo: «aprovecha el momento, la ocasión, tu energía, tu salud, tus recursos, tu situación, tu edad, tu… vida».

Llegamos incluso a sufrir cierta ansiedad al sentirnos continuamente observados —como en la película El show de Truman— y juzgados en función de lo que hacemos o dejamos de hacer con todo ese potencial.

«Si tuviera tu dinero haría…», «Con todo el tiempo que tienes deberías aprovechar para…», «La vida pasa muy deprisa, ahora que eres más joven…», «Tienes menos responsabilidades, es un buen momento para…», «Tus hijos son más autónomos, ¿no crees que ya es tiempo de…?», «No lo dejes pasar, pues…».

¡Qué angustia, jod?#*!! protesta mi lado mindful, que, si algo busca, es mayor calma y aligerar el peso de las exigencias autoimpuestas y también heredadas, muchas veces con escasa o nula consciencia. ¿Y si no quiero hacer nada? ¿Es un delito? ¿A quién tengo que rendir cuentas?

Empieza el año y parece que tengo que disponer de un listado bien justificado de todo lo que voy a realizar y conseguir, como si la primera hora, los primeros minutos y segundos del año abrieran súbitamente las puertas al síndrome de FOMO (Fear Of Missing Out, miedo a perderse algo), con una virulencia tan absurda como la apertura de los grandes centros comerciales el primer día de rebajas de enero. Un decidido paso hacia esa versión renovada, motivada y con objetivos claros y definidos, que me permitirá responder a final de año: «Sí, “papá”, he aprovechado».

¿Maduramos un poquito? A todas y todos nos motiva marcarnos propósitos en distintas escalas de tiempo —anual, mensual, semanal— y, hasta cierto punto, se vuelven imprescindibles para que, cuando suena el despertador, exista una fuerza mayor que el campo gravitatorio de la cama capaz de mover mis pies fuera de ella.

Pero todos esos propósitos han de perfilarse con la navaja de tres hojas: cuándo, dónde y cómo. Y en este tallado no debemos olvidar el coste energético, al que ya hicimos mención en la publicación Monedas de vitalidad.

Convertir nuestras intenciones en acciones ya se abordó en la publicación homónima De la intención a la acción, que incluía una precisa hoja de navegación para no ahogarnos en el mar de la frustración. Sin embargo, en esta ocasión vamos a añadir un acto tan poderoso como difícil: la renuncia.

¿Renunciar? No quiero

Es normal. Después de tanto entusiasmo, ensalzamiento y visualización de ese yo 2.0, “pinchar el globo” no resulta precisamente apetecible.

Pongo un ejemplo propio. Tengo la fortuna de disponer de un espacio y de recursos suficientes para desarrollar, por fin —o eso creía— uno de mis grandes anhelos: aprender música e interpretarla al piano. A lomos de esa motivación me dirigí a la escuela municipal de música del lugar donde vivo y, presto, me matriculé, henchido de una ilusión desbordante.

Ese mismo día, por fortuna —o por desgracia, según se mire—, las comisuras altivas de mi sonrisa infantil comenzaron a descender. Mi práctica de mindfulness hizo su trabajo —a veces la odio— y la consciencia de que algo no cuadraba fue creciendo en mi interior hasta que, fiel a aquello que enseño, apliqué la navaja de las tres hojas, evalué mis monedas de vitalidad disponibles y ya no pude mirar hacia otro lado: no era posible incluir este aprendizaje en mi momento vital actual. Recibir las clases era una cosa, pero la dedicación necesaria para repetir los ejercicios e incrementar mi habilidad y conocimiento musical no cabía en mi agenda.

Comenzó entonces una batalla desaforada entre mi mente impulsiva y mi consciencia. La primera intentaba convencer a la segunda de que sí, de que era posible si me organizaba mejor y hacía algunos ajustes. ¿Por qué no seguir el lema «si tú quieres, tú puedes»? —por su toxicidad, intuía mi consciencia—.

El fragor de la batalla fue dando paso, poco a poco, a la claridad: lo más sano y coherente con mis principios y valores era renunciar. Llamé a la escuela y liberé la plaza.

Acto seguido brotó en mí una emoción temprana de frustración que rápidamente ascendió en el cielo de mi consciencia como rabia —su hija predilecta— para, al atardecer, transformarse en cierta nostalgia y, ya al ocaso, reposar por fin como calma. La profunda calma que surge al comprender, desde el lugar que habilita la práctica de mindfulness, que aquella renuncia fue, en realidad, mi victoria.

Puedo imaginar todo tipo de juicios que el lector tal vez esté generando desde la resistencia a renunciar a sus ilusiones, ya que estas actúan como auténticos motores de vida. Y es en esta aparente contradicción donde conviene matizar un poco más.

¿Renunciar es perder?

¿Debemos entonces renunciar a nuestros deseos, motivaciones e ilusiones para alcanzar la paz? Rotundamente no. Correríamos el riesgo de apagar el fuego que alimenta la caldera de nuestro motor vital, algo propio de trastornos como la depresión. Mención aparte merecería una aspiración de renuncia casi total, expresada en un retiro de la vida cotidiana hacia una práctica monacal de índole budista o contemplativa.

Si nos acercamos a la visión más budista, que enuncia en una de sus Cuatro Nobles Verdades que el deseo es el origen del sufrimiento, podríamos pensar que la renuncia es imprescindible para alcanzar la paz profunda. Sin embargo, quienes hemos crecido donde hemos crecido —en la parte “buena” del mundo— y hemos sido sobrealimentados de deseos a satisfacer, viviríamos ese choque de trenes de tal modo que pronto descarrilaría nuestro vagón cargado de renuncias.

Como ya enunciamos en la publicación Camino medio: el arte de afinar tu vida, los posicionamientos extremos conducen al conflicto. Por ello, una consciencia incrementada del origen de tus deseos —¿son genuinamente tuyos?— y una hábil gestión de los impulsos, tal y como entrenamos con mindfulness, te permitirá enfriar —que no extinguir— el fuego inicial para dar paso a la claridad necesaria que haga posible una renuncia selectiva y consciente.

Eso sí, olvídate de encontrar satisfacción o alegría inmediata en la renuncia. Ten presente —y luego experiméntalo— que intercambias ilusión fogosa por paz, claridad y coherencia.

Renunciamos para ganar, aunque la falta de consciencia inicial pueda envolverlo todo en una sensación de pérdida.

Como siempre propongo: no te lo creas. Ponlo en práctica y lo comprenderás por ti mismo. Y si los hábitos y los impulsos te embarcan en ríos de anhelos que vierten sus aguas en el mar de la frustración, practica mindfulness para aprender a capitanear ese barco y llevarlo a buen puerto.

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