Llegan ciertas festividades y, con ellas, se abren espacios de tiempo propicios para el reencuentro con aquellas personas con las que, de una u otra forma, se tejieron vínculos afectivos: vínculos que, en algunos casos, siguen latiendo en nosotros y que, en otros, habitan la memoria o persisten como vestigios de una antigua jerarquía familiar.
Sea como fuere, estos espacios y tiempos compartidos albergan dos motivaciones: por un lado, el genuino sentimiento de pertenencia, en el que los lazos se fortalecen y adquiere sentido nuestra experiencia como seres sociales; y, por otro, la inercia social, esa fuerza silenciosa que se resume en la frase tantas veces repetida: «es lo que toca en estas fechas».
No resulta difícil intuir que ambas voluntades, coexistiendo y manifestándose con distintas intensidades en cada uno de los partícipes de estos encuentros, generan un caldo de cultivo fértil en el que proliferan toda clase de sentimientos y expresiones: una diversidad digna de un laboratorio de sopa probiótica, donde cualquier atisbo de aburrimiento se disuelve con rapidez si se presta una mínima atención a los nudos y desenlaces de cada interrelación.
Emergen entonces expresiones capciosas como «¿No viene tu pareja?», formuladas aun sabiendo que su última discusión abrió una crisis profunda de la que todavía no se han repuesto. Aparecen también los reproches encubiertos: «Solo he podido traer esta botella de vino, porque estar pendiente de mamá no me deja tiempo para nada». No faltan las expresiones “trampolín”, diseñadas para impulsarse hacia aquello que uno desea exhibir: «Y, ¿qué tal te va todo? Bien, ¿no? Pues a mí me han ascendido en la empresa y aún estoy adaptándome al nuevo puesto». Y, por último, las críticas adoctrinadoras: «¿Y ya tiene móvil? Yo a mi hijo no se lo permití hasta el instituto», pronunciadas con la aparente inocencia de quien olvida que ha pasado casi una década y que, con ella, han cambiado radicalmente las coordenadas tecnológicas y sociales.
Intercaladas, por suerte, aparecen también otras expresiones de naturaleza muy distinta: «¿Estás haciendo ejercicio? Te veo mucho mejor». O aquellas más genuinamente humanas: «Me alegra que hayas venido; con la situación que estás atravesando, encontrar motivación no es nada sencillo». Y, quizá las más valiosas, las que fortalecen los vínculos: «Estas fiestas no me entusiasman demasiado, pero poder veros y ponernos al día vence cualquier resistencia».
Conversaciones cruzadas de las que no queremos perder el hilo y en las que el tono de voz comienza a elevarse en aras de una mayor claridad que nunca llega. Las comidas y las bebidas actúan como adormecedores de los sentidos, añadiendo temperatura a ese caldo primigenio en el que el número de interacciones y reacciones aumenta exponencialmente. Si además se suma la música —como pueden ser los villancicos—, la sempiterna televisión encendida y los habituales petardos en la calle, el totum revolutum al que llamamos fiesta alcanza su apogeo.
Tras el clímax inicial, pequeñas facciones comienzan a organizarse por edad, vínculos de sangre o intereses compartidos. La idiosincrasia de cada “tribu” nos ofrece entonces un nuevo escenario donde, con la atención que no haya sido aniquilada por la digestión, el cansancio y, con frecuencia, algo de alcohol, podemos observar —como antropólogos aficionados— las curiosas dinámicas que se despliegan tanto dentro de cada grupo como entre tribus. Estas últimas suelen estar dinamizadas por sus líderes: los que emergen de forma espontánea o los legitimados por la edad, el rol social o la jerarquía familiar. «Ha dicho mamá que vayamos recogiendo», anuncia el líder de los hermanos. «¿Podemos irnos a jugar?», pregunta el de la tribu más joven. Y, en ocasiones, es el espíritu del alcohol el que toma el mando apropiándose de cualquier voz disponible: «¡Vamos a abrir ya el champán para brindar! ¡Que no decaiga el ánimo!».
Toda una escenificación protagonizada por actores y actrices que rara vez son conscientes de estar interpretando un papel, pues lo habitan como si fuera su propia piel, del mismo modo que se rumoreaba que Johnny Weissmüller no interpretaba a Tarzán, sino que simplemente se limitaba a ser él mismo.
¿Y qué? –podemos preguntarnos–, ¿qué problema hay? Ninguno salvo que en defensa de nuestro personaje acabemos arrollando y poniendo en aprieto, e incluso ofendiendo a las personas con las que, de alguna u otra manera sentimos que los vínculos que nos unen deberían valernos más bien para sentirnos acompañados, apoyados, escuchados y comprendidos en nuestro recorrido vital.
Los vínculos que mantenemos con las personas con las que en algún momento hemos compartido —o seguimos compartiendo— la vida se asemejan a una red tejida con un hilo fino, casi frágil, en la que sostenernos y sentirnos a salvo caigamos desde donde caigamos. Pero esa delgadez exige cuidado: cada encuentro debería actuar como una nueva hilada, una puntada más que refuerce su entramado.
Sin embargo, solemos darla por sentada. Creemos que siempre estará ahí, que es resistente pase lo que pase y que ya no requiere de nuestra atención. Una ignorancia que, en ocasiones, nos lleva a forzar sus nudos con arrogancia, con algo de desprecio y mucho de pensamiento infantil: ese que fantasea con que siempre habrá alguien —como por arte de magia— que la repare por nosotros.
De ahí la necesidad de hacernos conscientes de su fragilidad. De saber cuándo dejar de interpretar y permitir que emerja la humanidad, abriéndonos y estando verdaderamente presentes con los seres humanos con los que compartimos ese instante irrepetible. Está en tu mano, en tu consciencia, evitar que los encuentros se transformen en desencuentros por falta de atención o por torpeza emocional. Porque cuesta tiempo y cuidado fortalecer los puntos de unión, pero basta un solo tijeretazo descuidado para que la red se rompa. Y aunque después pongamos empeño en remendarla, nunca volverá a sostenernos del mismo modo.
Llenar estos encuentros de presencia, conciencia y humanidad es otorgar valor a algo que, por mucho que nos incomode reconocerlo, resulta imprescindible para nuestra existencia como seres humanos: pasar del yo al NOSOTROS.
Cuando todo haya pasado y el ruido se disuelva en la memoria, ¿qué quedará realmente de nosotros en los otros: la huella de una presencia viva o apenas el eco de un personaje que nunca se atrevió a bajar del escenario?
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