Publicación de Habitar el Tiempo
Nuestra mente vive navegando entre tres reinos distintos: lo que es posible, lo que es probable y lo que sentimos como real. Pero no siempre los distingue. A veces, algo que jamás ha ocurrido se nos presenta como casi seguro. O al revés: algo que ya está pasando nos parece tan improbable que lo vivimos como si fuera un sueño, una excepción que no entendemos bien.
Un ejemplo: imagina que te dicen que mañana puede llover chocolate. En términos físicos, no parece muy posible. Pero si te dicen que mañana lloverá, tú simplemente asientes. Es lo probable, lo que encaja con tu experiencia.
Otro ejemplo: te dicen que mañana puede temblar la tierra en tu ciudad. No ha pasado en décadas, pero técnicamente es posible. No obstante no lo experimentas como real porque la probabilidad basada en tu experiencia lo descarta. Ahora imagina que no dejas de oír en tu entorno próximo que mañana va a hacer mucho frío y lluvia: eso suena probable, porque ocurre con cierta frecuencia en esta época del año. Y aquí es donde ocurre algo curioso: como ya has vivido días fríos y lluviosos en abril, no sólo lo consideras probable, sino que lo das por hecho, lo experimentas mentalmente como si fuera una certeza, aunque no tengas datos objetivos, ni hayas contrastado esos comentarios con una fuente más fiable. Preparas la ropa de abrigo, anulas citas que ibas a tener en el exterior, te mentalizas para este cambio repentino del tiempo, incluso sientes el frío antes de que llegue. Lo probable, en este caso, ya se volvió real para ti. La mente rellena el futuro con experiencias pasadas o datos difusos y lo trata como algo presente.
Este juego mental entre lo posible, lo probable y lo real está activo todo el tiempo. Y se vuelve todavía más complicado cuando se mete un cuarto factor en la ecuación: las emociones. Porque las emociones alteran radicalmente nuestra percepción de la probabilidad. Si estamos asustadas, lo improbable se vuelve casi inevitable. Si estamos ilusionados, lo imposible se siente cercano. El miedo, la euforia, la ansiedad… cada una actúa como un filtro que distorsiona los hechos y modifica el porcentaje que les damos en nuestra mente.
Esto no sólo nos pasa a nivel individual. También ocurre a nivel social, colectivo, global.
Un ejemplo real: en marzo de 2025 se filtraron en redes unos supuestos planes de ataque elaborados desde Estados Unidos. La información no estaba confirmada, ni verificada. Pero bastó su aparición para sembrar una alarma generalizada en Europa. Lo que hasta entonces parecía un escenario remoto —una escalada militar directa— empezó a sentirse probable e incluso real. El miedo corrió más rápido que los análisis. Y ese cambio de percepción ya tuvo efecto, sin que nada haya ocurrido todavía.
Quien controla el relato no sólo informa: diseña emociones. Y eso puede usarse de manera profundamente maliciosa. Veamos algunos ejemplos de cómo:
Crear pánico para justificar decisiones: aumentar presupuestos militares, restringir libertades, justificar intervenciones. Si la gente siente miedo, pedirá protección y validará lo que haya que hacer para sentirse a salvo: “Papá estado me salvará si le obedezco”.
Manipular elecciones: cuando el electorado cree que hay un enemigo cerca, vota desde la urgencia, no desde la reflexión. Casi todos las campañas electorales dan mucho peso al miedo, pintando escenarios catastrofistas si es elegido el partido rival.
Desestabilizar economías: basta un rumor —una posible guerra, una crisis energética, una fuga de capitales— para provocar movimientos reales de dinero, de inversión, de consumo. Esto está a la orden del día, sólo hay que acudir a la bolsa para comprobar como las acciones suben como la espuma o caen en el abismo ante datos inconsistentes, rumores, campañas mediáticas en contra o a favor de una acción política, país o empresa, usando el poder de las redes sociales para sembrar miedo y cambiar las reglas del juego.
Estigmatizar colectivos: al vincular ciertas minorías a las amenazas, se justifica la represión, el control o la exclusión. Vamos, que con facilidad miramos a otro lado ante esas acciones internamente“justificadas” porque ya tenemos culpables a los que sentenciar.
Desviar la atención: en momentos de escándalos internos, se puede agitar una alarma externa que reordene el foco mediático y emocional de la población. Pasando el escándalo a otro nivel de protagonismo, lo que comúnmente se denomina “cortina de humo”.
Todo esto es posible porque, como decía Noam Chomsky, los medios no sólo dicen qué pensar, sino sobre qué pensar. En su libro Los guardianes de la libertad, Chomsky explica que el verdadero poder no está en imponer una idea, sino en establecer el marco donde las ideas se discuten. Si ese marco está contaminado por el miedo, la urgencia o la confusión, la gente pedirá por sí misma lo que en frío jamás aceptaría. No hace falta que te convenza de una hipotética amenaza, con crear el espacio en que se habla de ello a la sombra del miedo, ya nos convencemos nosotros solitos.
Entonces, en medio de esta avalancha de estímulos, datos y manipulaciones… ¿qué puede hacer el habitante corriente? ¿Cómo mantener claridad y equilibrio sin desconectarse del mundo?
Aquí van algunas propuestas prácticas:
1. Dudar con elegancia: No todo lo que parece urgente lo es. No todo lo que suena alarmante tiene consecuencias reales. Pregúntate siempre: ¿quién gana si yo creo esto?
2. Separar emoción de análisis: Sentir miedo o entusiasmo es humano. Pero actuar desde ahí, sin filtrar, puede ser un error. La mente clara necesita tiempo y calmar la emoción para no sumirnos en la reacción.
3. Elegir bien las fuentes: No todo lo que circula en redes es periodismo. No todo lo que parece riguroso lo es. Contrastar, leer medios diversos, buscar contexto.
4. Cuidar el cuerpo para proteger la mente: Dormir, ejercicio, comer bien, hablar con otros…, pues una mente cansada o estresada es mucho más fácil de manipular.
5. Conversar, no sólo consumir información. Las redes nos bombardean. Las conversaciones nos ayudan a procesar. Hablar con personas diferentes, con puntos de vista distintos. No para defender tu razón, sino para tener más perspectivas y enfoques que te ayudarán a comprender mejor.
Y por último, hay una herramienta silenciosa pero poderosa que puede marcar la diferencia: Mindfulness.
Mindfulness —la práctica de atención plena— no es una moda ni una solución mágica. Es una manera de recuperar el centro en un mundo que parece diseñado para descentrarte. ¿Cómo influye?
En tiempos de confusión, la lucidez no es tener respuestas. Es sostener la pregunta sin perderte. Es ver con atención cuando el mundo te bombardea con estímulos que buscan moldearte. Es tener criterio propio sin volverse cínico.
Porque aunque no podamos decidir qué ocurrirá, sí podemos decidir desde dónde queremos vivirlo. Y eso —en medio del caos— es una forma poderosa de libertad.
Ante una información o pensamiento que brota en tu mente, anticipando unas consecuencias, pregúntate:
1. ¿Es posible? Casi todo es posible, si bien hay elementos ajenos a la posibilidad. No, la tierra no es plana por mucho que haya un marco en el que se debata esta idea.
2. ¿Es probable? Qué porcentaje le estoy aplicando y qué datos objetivos y fiables tengo a mi alcance para decantarme por ese porcentaje.
3. ¿Es real? Que lo sienta como real no significa que sea real. Reconoce qué emoción está haciendo trampas con el porcentaje de probabilidad.
Un simple ejercicio que evitará que se agite el avispero de tu mente.
© Copyright 2012 Rafael de Silva. Todos los derechos reservados.