Publicación de Habitar el Tiempo
Una de las paradojas que se presentan cuando comenzamos con la práctica de meditación mindfulness, es la indicación de NO ESFORZARSE. Y claro, esta intención se confronta con el sentimiento de esfuerzo que tenemos que realizar para madrugar, sentarnos en una posición poco "cómoda" y reconducir la atención una y otra vez al objeto de meditación, a pesar de que "la loca de la casa" se niega a parar quieta. ¿Entonces? Te ofrezco unas "pistas" que te ayudarán a comprender e incluir el no esfuerzo en tus prácticas y como filosofía de vida.
Rafael de Silva
Una de las grandes paradojas que nos encontramos al comenzar a meditar es una directriz o propuesta didáctica que Jon Kabat-Zinn nombra en sus libros como la actitud de NO ESFUERZO.
«O sea que ¿me tengo que levantar antes de la cama, por cansado que esté y sin saber muy bien qué estoy haciendo y si esto me va a servir o no, tengo que sentarme a meditar y ademas hacerlo cumpliendo con una de las actitudes que dicta NO ESFUERZO?, ¿cómo “se come” esto?
Efectivamente iniciar y mantener una práctica de meditación requiere cierto esfuerzo intencional, especialmente al principio, pero ese esfuerzo tiene un carácter diferente al de «forzar» o «luchar». Podemos distinguir entre:
El esfuerzo inicial para establecer la práctica: decidir meditar, encontrar un momento y lugar, sentarte en calma y comenzar requiere disciplina y compromiso. Este es un esfuerzo saludable y necesario, similar al que se necesita para desarrollar cualquier hábito positivo.
Y el no esforzarse durante la práctica: una vez que estás meditando, el enfoque cambia. No estás intentando «forzar» la experiencia, sino más bien permitir que las cosas sean como son. Por ejemplo: Si tu mente se distrae, no te esfuerzas en traerla de vuelta con dureza; simplemente la reconoces y regresas amablemente. O si sientes incomodidad, no intentas rechazarla, sino que la observas con curiosidad y la aceptas como parte de la meditación.
El esfuerzo en mindfulness tiene más que ver con constancia y disposición que con controlar el resultado. En resumen, sí hay esfuerzo al principio, pero una vez en la práctica, el objetivo es dejar ir el control y estar presente. Es un equilibrio entre intención y no empujar.
Ese es uno de los grandes desafíos de practicar mindfulness en una cultura que valora tanto el esfuerzo orientado al logro y los resultados tangibles. Estamos condicionados a medir nuestro valor y progreso a través de metas alcanzadas, lo cual puede entrar en conflicto con la actitud de aceptación y no esfuerzo de mindfulness.
El condicionamiento cultural del “hacer”
Nuestra cultura fomenta la productividad constante, la búsqueda de resultados y la autoexigencia. Esto nos lleva a pensar que, incluso en algo como meditar, deberíamos «lograr algo»: más calma, menos estrés, más concentración. En mindfulness, sin embargo, el enfoque está en el «ser» más que en el «hacer». Este cambio puede sentirse contraintuitivo al principio.
La resistencia a soltar el control
En una sociedad donde controlar y solucionar problemas es una habilidad valorada, «soltar» el control y simplemente observar puede generar incomodidad o frustración. Puede parecer que no estás «haciendo suficiente”. Aprender a confiar en el proceso, sin buscar un resultado inmediato, requiere práctica y paciencia.
La creencia de que «no esforzarse» es inactividad
Es fácil interpretar el «no esforzarse» como pereza o falta de compromiso, cuando en realidad es una actitud activa de aceptación y atención consciente. Es un tipo de esfuerzo más suave, sin fricción, pero igualmente intencionado.
En una aldea escondida entre montañas, un maestro de meditación, el anciano Su, era famoso por su capacidad de enseñar sin decir demasiado. Un día, su joven discípulo, Jan, lo abordó con una mezcla de frustración y desesperación.
—Maestro, medito cada día durante horas, pero no logro calmar mi mente. Hago lo que me dices: me concentro en mi respiración, intento no distraerme, pero cuanto más lo intento, peor parece irme. ¿Qué estoy haciendo mal?
El maestro Su sonrió y, sin decir palabra, señaló el lago frente a ellos. Jan lo siguió, intrigado.
—¿Qué ves en el agua, Jan? —preguntó el maestro.
—Está turbia, con hojas y barro en la superficie.
El maestro tomó un palo y revolvió el agua, volviéndola aún más fangosa. Luego dejó el palo a un lado y se sentó en la orilla.
—¿Qué haces, maestro? —preguntó Jan, impaciente.
—Espero.
Jan miró al maestro, confundido, pero decidió sentarse junto a él. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y poco a poco el agua del lago comenzó a asentarse. Con el tiempo, el barro se hundió al fondo, las hojas se apartaron, y el agua se volvió clara como un espejo.
—Mira ahora, Jan. ¿Qué ves?
—Veo mi reflejo, maestro. El agua está clara.
—Así es la mente, Jan —dijo el maestro suavemente—. Cuando la revuelves con esfuerzo, solo la haces más caótica. Pero si simplemente te sientas y permites que todo se asiente por sí mismo, se aclara.
Jan frunció el ceño, todavía inquieto.
—Pero, maestro, si solo me siento sin hacer nada, ¿cómo voy a mejorar?
El maestro sonrió otra vez, tomando una hoja caída del árbol cercano. La dejó caer sobre el agua calmada, donde flotó con gracia.
—¿Ves esa hoja? No fuerza el río. Simplemente flota, confiando en que la corriente la llevará. El no-esfuerzo no es inactividad, Jun. Es dejar de luchar contra lo que ya es y aprender a fluir con ello.
Jan observó la hoja deslizarse por el lago en calma. En ese instante, algo en él cambió. Por primera vez, entendió que la claridad no se lograba haciendo, sino permitiendo.
Desde entonces, Jan se sentaba a meditar no para lograr algo, sino simplemente para estar. Y con el tiempo, su mente se volvió como el lago: tranquila, clara y en paz.
No es la hoja quien busca el viento,
es el viento quien la lleva.
No es el río quien lucha por fluir,
es la tierra quien le abre camino.
El cielo no fuerza su azul,
ni el sol apura su brillo.
¿Por qué, entonces, la mente corre,
como si el ahora no bastara?
Suelta la rienda del tiempo,
descansa en el pulso del ser.
No es el esfuerzo quien te guía,
es la calma quien te encuentra.
Fluye como el agua,
permite como el cielo,
y hallarás, sin buscar,
lo que siempre estuvo ahí.
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