Publicación de Habitar el Tiempo

La alerta mental amenaza la libertad

La urgencia como control

Vivir en alerta: una conversación cualquiera…

—¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo estás?

—Cansado… aunque no sabría decirte muy bien de qué. Supongo que de todo.

—Normal. Con lo que está pasando…

—Sí, lo de Ucrania, el fascismo creciente de Trump, los aranceles y el impacto en la economía, la crispación continua, el desacuerdo político, el impredecible clima… Cada semana parece que estamos al borde del colapso.

—Yo ya no sé qué pensar. Un día dicen una cosa, al siguiente la contraria. Pero todo suena urgente, grave, apocalíptico, una especie de «¡Vamos a morir todos!».

—Y además si no reaccionas enérgicamente y te sumas a la convulsión colectiva te quedas fuera, como si realmente no te importara nada, no tardando en aparecer descalificativos como “sangre de horchata” o “hippie trasnochado”.

La conversación continúa unos minutos más. Se acumulan titulares, amenazas globales, escenarios catastróficos. Cuando se despiden, ambos sienten una extraña mezcla de inquietud y agotamiento. No han resuelto nada, pero el cuerpo ha quedado más tenso que antes. Nace el pensamiento «No sé si ha sido bueno que nos encontremos»

Esta escena no es excepcional. Es casi un retrato cotidiano. Vivimos inmersos en un clima de alarmismo permanente, donde la urgencia se ha convertido en el idioma dominante. Todo parece crítico, inmediato, inaplazable. Y en ese contexto, nuestra necesidad profunda de sentir que todo está bajo control y de experimentar que estamos “a salvo” se convierte en un punto de vulnerabilidad.

La urgencia como forma de control

Esa necesidad de seguridad es profundamente humana. No es un fallo individual, sino una herencia psicoevolutiva que ha garantizado nuestra supervivencia como especie. El problema aparece cuando esta necesidad legítima es activada de forma constante e intencional, convirtiéndonos en presas fáciles de la agitación promovida por determinados agentes sociales, políticos y mediáticos, yonquis de poder.

Cuando tengo miedo, ¿elijo o reacciono?

Desde el punto de vista del cerebro, esto tiene todo el sentido. Ante una amenaza —real o percibida— se activan circuitos automáticos orientados a la supervivencia. La reflexión pausada, la perspectiva a largo plazo y la coherencia con valores profundos quedan en segundo plano. No porque seamos irracionales, sino porque no están diseñadas para liderar en situaciones de emergencia. Como se dice en la calle «si sigues dándole vueltas te va a pillar el toro» 

Imaginemos —salvando las distancias— que nuestra casa empieza a arder. Las llamas avanzan y tenemos apenas unos segundos para decidir qué sacar antes de huir. No deliberamos con calma ni jerarquizamos valores: la reactividad toma el mando. Más tarde, cuando el peligro ha pasado, quizá revisemos la decisión. Pero durante el incendio, el impulso de supervivencia decide.

El problema surge cuando no hay un incendio real, pero alguien —ya sabemos quién— consigue convencernos de que el apocalipsis es inminente. ¿Quién puede pensar con claridad si vive psicológicamente dentro de una casa en llamas?

El desgaste invisible del alarmismo permanente

A este secuestro momentáneo de la claridad se suma un efecto más profundo y menos visible: el desgaste psicológico. El organismo humano no está diseñado para sostener indefinidamente la activación del sistema de alerta. Cuando la amenaza se percibe como continua —aunque sea simbólica— entramos en un estado de estrés crónico.

Aparecen la fatiga mental, la irritabilidad, la dificultad para concentrarse y el pensamiento rígido. En ese estado, ya no hace falta un gran estímulo para reaccionar: basta un nuevo titular alarmante o una consigna emocional para que todo el sistema vuelva a dispararse.

«No hace falta ponerse así», me dice alguien cercano, pero la realidad es que cada vez me cuesta más no hacerlo.

Elegir desde valores requiere energía psíquica: detenerse, tolerar la incertidumbre, sostener la complejidad. Pero cuando estamos agotados, la mente busca atajos: delegar el criterio, aferrarse a discursos simples o reaccionar de forma automática. Así, el alarmismo no solo distorsiona la percepción, sino que va vaciando poco a poco el espacio interno desde el cual podríamos elegir con claridad.

Aquí aparece un elemento incómodo pero necesario de señalar: existen estamentos políticos, mediáticos y económicos que se benefician de una población sobre-activada, reactiva y emocionalmente desbordada. No es necesario atribuir conspiraciones sofisticadas ni argumentaciones ideológicas coherentes; basta con reconocer que el miedo moviliza, polariza y simplifica y especializarte en usarlo a tu favor —esto último es la asignatura magistral en cualquier carrera hacia el poder—.

Una mente asustada busca soluciones rápidas, tolera mal la complejidad, se aferra a narrativas claras de “buenos” y “malos” y cede con mayor facilidad su criterio a figuras de autoridad.

Desde ese estado, elegir con libertad interior se vuelve extremadamente difícil. No porque falte inteligencia, sino porque la urgencia emocional ha desplazado el centro de mando.

Si todo es urgente, ¿qué posibilidades tengo de pensar con claridad?

Una salida consciente desde mindfulness

Aquí es donde el mindfulness adquiere un sentido profundamente práctico y actual. No como evasión ni como técnica para “sentirse bien”, sino como acto de responsabilidad y soberanía interior. No se trata de eliminar el miedo o la urgencia —recuerda que eres un primate—, sino de desarrollar consciencia de esos impulsos para que no lideren nuestras decisiones.

La propuesta puede ser sencilla:

Primero, reconocer el estado. Aprender a detectar las señales de activación —tensión corporal, aceleración mental, impulso inmediato a reaccionar— y nombrarlas internamente: “esto es urgencia”, “esto es miedo”. Nombrar no elimina la reacción, pero la saca del piloto automático.

Segundo, volver al cuerpo durante unos instantes. Llevar la atención a la respiración, al apoyo de los pies en el suelo o al contacto con la silla. No para relajarse, sino para anclarse al presente. El cuerpo no vive en el apocalipsis futuro; vive aquí.

Solo entonces tiene sentido hacerse una pregunta clave: «Si no estuviera asustado, ¿qué elegiría ahora?» O bien: «¿Esto está alineado con mis valores?»

Y finalmente, practicar la no inmediatez. En un entorno que premia la reacción rápida, no responder al instante se convierte en una práctica radical, revolucionaria. No opinar de inmediato, no compartir una noticia alarmante, no posicionarse bajo presión. No es pasividad, es responsabilidad atencional, es una competencia cívica. Una forma de resistir la manipulación emocional y de cuidar la calidad de nuestras decisiones colectivas.

No se trata de no caer nunca en la trampa del alarmismo, sino de darse cuenta cada vez antes y regresar, una y otra vez, a un lugar interno desde el cual elegir con mayor lucidez. Distinguir entre el fuego real y el ruido constante de la alarma es, hoy más que nunca, un acto imprescindible y necesario de libertad interior. 

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