Publicación de Habitar el Tiempo
Muchas veces se nos presenta la oportunidad de viajar, de salir de nuestra zona conocida y tomar contacto con nuevas personas, lugares, colores, olores, sabores..., lo que alimenta una de nuestras tendencias filogenéticas que es la exploración, el descubrimiento, la curiosidad. Sin embargo la tendencia de la mente a clasificar y juzgar todo en base a lo conocido da al traste con la plenitud de la experiencia. ¿Podemos volver a asombrarnos como cuando éramos niños?
Rafael de Silva
Nos vemos empujados a catalogar, enmarcar y ordenar todo lo que sentimos, pensamos y experimentamos en una serie de “cajitas mentales” perfectamente etiquetadas. Así, la criatura ávida de control que hospedamos en nuestro interior se calma y se echa a descansar.
Una pequeña historia para tratar de ilustrar las consecuencias de esta tendencia mental y emocional.
Resulta que hubo un tiempo en que esa criatura nos acompañaba fielmente, como un perro lazarillo que nos ayudaba a orientarnos y guiarnos por la incertidumbre de la vida. Con gusto por explorar, descubrir y seguir ampliando los pisos de la Torre del Saber. Y cada vez que aparecía algo nuevo, se excitaba y movía su cola con ilusión. El asombro era bienvenido, pues daba sentido a su misión, a su existencia. Y aunque lo descubierto, no siempre era agradable, le calmaba comprender que esta era su labor, permaneciendo atenta y con ilusión ante cada nueva experiencia.
Un día, sin saber muy bien cómo, empezó a desarrollar una enfermedad que infectó su mente con una especie de mantra que dictaba «todo tiene que tener sentido, todo tiene su lugar, todo tiene una “cajita” correcta para guardarlo y ordenarlo y si no lo hallo, me convertiré en una criatura inservible, sin valor alguno y flaco favor le haré a mi dueño». Este mal le cambió el carácter. Ya no quería seguir explorando, pues la obligación de tener que encontrar sentido a todo y ordenarlo correctamente le generó tal ansiedad y angustia que toda ilusión y motivación por descubrir acabó por abandonarla. Nada le asombraba ya, pues había desarrollado un sistema defensivo y seguro en el que cualquier vivencia que oliera a nueva, era metida rápidamente y a presión en la caja que más se pareciera y punto, adiós a la angustia. Así, poco a poco el asombro dejó de tener cabida y la torre del saber dejó de crecer.
Ahora viajamos por el mundo con una mochila llena de cajitas mentales con rótulos del tipo «sí, esto es como…». ¡Cuidado con esta cárcel perceptiva! Si nos encerramos en las categorías mentales, fuera quedarán la inmensidad de matices y detalles únicos de cada experiencia, con sus colores, olores, sonidos, sensaciones y formas, y seremos expulsados irremediablemente del reino del asombro. ¿Cómo accederíamos entonces a una vida plena?
Sumergirnos en la inmensidad de la vida con los ojos de un niño que ve algo por primera vez, no es algo sencillo, hay que entrenarlo tenazmente. Pero a medida que te vayas liberando de esa cárcel perceptiva tu mundo se expande, se enriquece de tal forma que todo, absolutamente todo te llenará y dará sentido.
Está en tu mano despertar esa conciencia meditando, practicando mindfulness. Aprende a parar, oler, saborear, tocar, escuchar, sentir como si fuera la primera vez y dejarás de pasar “de puntillas” por la vida. Tu tienes ese poder, tu tienes esa libertad.
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