Publicación de Habitar el Tiempo

Una primavera que no florece dentro

Primavera interior sin flor

Llega la primavera. El día va ganando terreno a la noche, los árboles reverdecen, las terrazas se llenan, la melodía en las calles ha cambiado. Todo parece insinuar que también nosotros deberíamos florecer.

Y, sin embargo, hay años en los que no ocurre.

Hace poco alguien me dijo: «No entiendo qué me pasa. Debería estar bien… pero no lo estoy». Y mientras lo decía, su mirada no era dramática. Era más bien desconcertada. Como si se sintiera fuera de sintonía con la estación.

Por dentro había cansancio. Una especie de niebla. Poca energía para entusiasmarse.

Y entonces aparece la pregunta, casi siempre en voz baja: ¿Estaré deprimido?

Antes de alarmarnos, conviene hacer una distinción que a mí me parece profundamente liberadora: no es lo mismo atravesar un estado deprimido que sufrir una depresión clínica.

El vaivén natural del ánimo

En el lenguaje cotidiano decimos:

«Estoy de bajón.»

«No tengo el día.»

«Ando apagado.»

«Me noto desconectado, raro.»

«Me falta ilusión.»

Son expresiones imprecisas, pero muy humanas. Apuntan a algo que olvidamos con facilidad: el ánimo fluctúa. Igual que el cuerpo se cansa, la energía emocional también tiene estaciones.

Un estado deprimido puede sentirse así:

– Pesadez corporal, como si todo costara un poco más.

– Menos motivación para lo habitual.

– Pensamientos más grises, repetitivos.

– Ganas de recogimiento, de estar hacia dentro.

Nada de esto, por sí mismo, significa que algo esté roto. Significa que algo está ocurriendo.

A veces es acumulación de esfuerzo. A veces es un duelo silencioso. A veces es simple necesidad de parar, de silencio.

Cuando sí conviene pedir ayuda

La depresión clínica es otra cosa.

No es solo un bajón. Es persistente. Incapacitante. Profundamente invasiva. Puede venir acompañada de desesperanza intensa, alteraciones importantes del sueño o del apetito, dificultad marcada para funcionar en la vida diaria.

Si el malestar se intensifica, se prolonga durante semanas, genera angustia significativa o interfiere gravemente en la vida cotidiana, acudir a un profesional no es dramatizar. Es cuidarse.

He visto cómo el miedo a “sobrerreaccionar” retrasa consultas necesarias. Y también cómo el miedo a “tener algo grave” convierte un estado transitorio en motivo de pánico.

Entre la negación y la catástrofe hay un espacio de discernimiento.

No todo descenso es un problema

Una de las trampas más frecuentes es interpretar cualquier bajada de ánimo como un error personal. 

Como si debiéramos funcionar siempre en modo ascendente.

Aquí el mindfulness ofrece un giro sencillo pero poderoso. En lugar de 

«¿Qué me pasa?»

podemos probar con:

«¿Qué está pasando en mí?»

La diferencia es pequeña, pero cambia el tono. La primera pregunta presupone defecto. La segunda invita a observar.

Cuando me he permitido hacer ese cambio en momentos de desánimo, he descubierto algo interesante: el estado no era un bloque sólido. Era una suma de sensaciones: Tensión en el pecho, menos energía, cierta irritabilidad, pensamientos repetitivos…

Al mirarlo así, el malestar deja de ser una identidad y se convierte en experiencia: El estado está, pero no soy el estado.

Integrar sin dramatizar

Aceptar no es resignarse. Es dejar de pelearse con lo que ya está ocurriendo.

Si la primavera exterior no coincide con tu primavera interior, puede que tu organismo esté procesando algo. Puede que necesites más descanso, más silencio, menos exigencia. O puede que simplemente estés atravesando una estación emocional distinta.

A veces nos exigimos florecer a destiempo. Y eso añade sufrimiento innecesario.

Podrías probar preguntas más suaves:

«¿Qué necesitaría hoy para cuidarme un poco mejor?»

«¿Puedo bajar el nivel de exigencia durante unos días»

«¿Puedo dejar de llamarlo “problema” y llamarlo “fase”?

No siempre necesitamos una solución. A veces necesitamos darnos permiso para lo que sentimos.

Cuando le ocurre a alguien que amas

El desánimo se vuelve aún más inquietante cuando aparece en alguien cercano.

He escuchado muchas veces preguntas como:

«¿Será por mí?»

«¿Estoy haciendo algo mal?»

Es comprensible. El malestar ajeno activa nuestros propios miedos. Pero no todo estado de ánimo bajo es un juicio sobre la relación.

Acompañar desde la presencia implica algo que no siempre resulta fácil: escuchar sin intentar arreglar. Validar sin dramatizar. No minimizar («anímate, no es para tanto») ni sobredimensionar («tienes que hacer algo»).

Y, por supuesto, si el malestar se intensifica o desborda, la ayuda profesional vuelve a ser un recurso imprescindible.

Hay primaveras bajo tierra

Tal vez esta primavera no esté hecha de euforia, sino de introspección.

Tal vez no sea un estallido, sino un proceso silencioso.

No todo florecimiento es visible. Hay primaveras que ocurren bajo tierra.

Mindfulness nos recuerda algo profundamente reparador: no hay nada defectuoso en ti por sentirte así. Hay un estado que puede observarse, comprenderse e integrar.

Si el estado se desborda, pide ayuda.

Si es parte del vaivén natural de la vida, aprende a escucharlo y a bailar con él.

A veces la verdadera primavera comienza cuando dejamos de exigirnos florecer antes de tiempo.

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