Estar presente, esta propuesta tan de moda (quizá porque emerge de una necesidad profunda) nos convierte en activistas por conseguir: más atención, profundidad, lucidez del instante que se despliega. Sin embargo, cuanto más nos adentramos en la experiencia misma de la presencia, quizá descubramos su cara oculta: no es añadir, sino soltar; no es más, es menos; no es acumular, sino olvidar.
Hay momentos —destellos de una estrella fugaz— en que la vida se impone en su totalidad. Quizá en ese silencio entre dos olas, en una caricia que toca algo más profundo que la piel, una respiración que de pronto se siente “vida”. En esos instantes algo curioso ocurre: la experiencia de “yo”, tan rotunda en lo cotidiano, se vuelve tenue, casi transparente. Es como si el acceso al presente estuviera custodiado por una puerta hechizada sobre la que están esculpidas las palabras «Para poder entrar, deja fuera tu historia, tus deseos y temores».
Este “olvidar” es una voluntad interior. Olvidamos no para borrar recuerdos, sino porque, en esos momentos, dejamos de experimentarlos como los pilares del nuestra existencia. Cuando entrenamos mindfulness en su noviazgo con la psicología contemporánea, se usa el término desidentificación: la capacidad de reconocer los contenidos de la mente (sensaciones, recuerdos, pensamientos, emociones…) sin quedar atrapados en ellos, sin experimentarlos como “yo soy estas sensaciones, estos pensamientos, estas emociones”.
Es como si dijéramos:
Dejo todo eso a un lado para experimentar la realidad tal como aparece ahora.
Es un acto de detención, de quedarnos en suspensión. Así, la presencia se revela como un estado paradójico:
- Para estar aquí, debo olvidar lo que es aquí.
- Para sentir plenamente, debo desprenderme del recuerdo de sentir.
- Para ver, debo vaciarme de las imágenes que se precipitan en mi mente.
En este sentido, “estar presente es olvidar” no como negación del pasado, sino como reorientación de la conciencia hacia aquello que está sucediendo en este instante.
El olvido es un acto creativo, un silencio fértil donde la experiencia puede florecer sin ser comparada ni medida en referencia a nada. Brota lo genuino, lo auténtico lo que “es”.
¿Qué lugar ocupa la memoria en la arquitectura de la conciencia?
La memoria no es un álbum de fotos, no es un archivador neutro, más bien se comporta como una sombra que proyectamos sobre el presente. El problema no es recordar, sino vivir ese recuerdo como si fuera más real que el instante mismo, sin poder diferenciarlo.
La psicología cognitiva hace tiempo que ha observado que el yo se dedica incansablemente a recontar su historia, a confirmarse a sí mismo con sus narrativas, a anticipar de forma incesante posibles situaciones basándose en huellas del pasado. La memoria nos muestra una función oculta, la de “editora” infatigable que interfiere, incluso impide, la percepción directa de la realidad.
A día de hoy, y desde la neurociencia, sabemos que la memoria no es un registro estable sino un proceso dinámico de reconstrucción continua. Cada vez que recordamos algo, lo reescribimos bajo la influencia del estado emocional del presente, de nuestras expectativas y del contexto. Con otras palabras: la memoria es menos un almacén que un autor dramático.
Esto genera una consecuencia importante: lo que llamamos “mi pasado” es, en gran parte, una creación del yo actual. Y si además la mente está agitada —por ansiedad, resentimiento, nostalgia, deseo— la memoria se vuelve aún más inconsistente, arrastrando con fuerza al presente aguas abajo.
Prácticas meditativas como mindfulness no buscan borrar recuerdos —sería una atrocidad—, sino reducir su poder hipnótico, su seducción. Se entrenan funciones como la meta-atención y la desidentificación, para poder estar plenamente presente cuado surge el recuerdo y con la necesaria claridad para no ser absorbido por él. Ese acto es una forma de olvido:
No olvidar la información, sino olvidar la identificación con ella.
Olvidar que eso “soy yo”.
En este sentido, el olvido es un desapego cognitivo: renuncio a tomar cada información de mi memoria como un elemento definitorio de mi.
Desde una orientación fenomenológica, podríamos decir que la memoria es un “palo en la rueda” de la experiencia inmediata: ante un rostro, no vemos un rostro sino “mi relación con él”; ante un atardecer, no vemos los colores sino “lo que este paisaje me recuerda”; ante un desafío, no vemos la situación sino “mis fracasos pasados”. La memoria, sin quererlo, roba frescura, impone patrones, nos impulsa, casi obligándonos a repetir.
Por eso, hablar de olvido en relación con la presencia no es un desprecio por la memoria, sino un reconocimiento más perspicaz, más fino:
La memoria es útil para sobrevivir,
el olvido es necesario para VIVIR.
En la tradición budista, aparece una metáfora de la memoria como una nube que se posa sobre el lago de la mente. No es mala en sí misma, pero impide ver el reflejo del cielo. El propósito de la práctica no es eliminar las nubes, sino que la atención consciente actúe como un viento ligero, casi una brisa que las mueve sin empujar.
Un breve relato:
Un joven arquero preguntó a su maestro por qué erraba siempre el blanco. El maestro le dijo: “Porque disparas desde tus recuerdos. Cuando la flecha sale, ya no estás aquí. Lo que acierta en el blanco no es tu técnica, sino tu presencia.”
Al día siguiente, el joven disparó sin pensar en su fracaso pasado… ni en el éxito futuro. Por un instante, olvidó todo. La flecha voló recta, directa al blanco.
Este es el olvido que nos interesa cuando practicamos mindfulness: un olvido selectivo, activo, vital, que despeja la percepción. Al dejar de cargar sobre el presente la sombra de lo que fue, lo que es puede mostrarse con su propia luz. Es un olvido que no mutila la memoria, sino que la coloca en su sitio adecuado: detrás, como un apoyo, no delante, como un velo.
Parece difícil, incluso imposible, pero ¿no será que estos pensamientos han emergido desde tu memoria?
Embárcate en la práctica con paciencia y constancia, la brisa de la amabilidad impulsando tus velas y la vida se desplegará ante ti, no desde el recuerdo sino como presencia pura.
↳ Explora la relación entre experiencia inmediata y construcción mental. Integrando fenomenología (Husserl), ciencia cognitiva y tradiciones contemplativas (especialmente budismo), un puente perfecto entre desidentificación, mindfulness y conciencia. Planteando la idea de que el “yo” es un proceso dinámico, no una entidad fija.
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