Publicación de Habitar el Tiempo
El placer que sentimos al comer surgió en la evolución como elemento de supervivencia. Sin embargo, también podemos usar el placer a través de la comida para cubrir otras necesidades. ¿Buena o mala estrategia?
Rosel Oñoro
El placer que sentimos al comer surgió en la evolución como elemento de supervivencia. Sin embargo, también podemos usar el placer a través de la comida para cubrir otras necesidades. ¿Buena o mala estrategia? Camino medio. Nunca falla.
Si estoy aquí sentada escribiendo, probablemente es porque nuestros antepasados contaron con el placer como potente motivación para buscar alimentos.
Este complejo mecanismo fisiológico, dirigido por el cerebro, surgió para regular el equilibrio del cuerpo ante las necesidades de energía o agua de las células. En las condiciones más adversas, en épocas de escasez de recursos, el gran esfuerzo para buscar agua y comida tras señales de hambre o sed, contaba, además, con una placentera experiencia de bienestar al satisfacerlas.
Así, el placer se convirtió en incitador para buscar y obtener lo que el cuerpo demandaba en cada momento para su correcto funcionamiento.
Hoy en día, a pesar del poco esfuerzo a realizar para acceder a alimentos, tenemos la suerte de seguir contando con este regalo del que nos dotó la evolución biológica.
El contacto de los órganos sensoriales con la comida inicia un flujo de reacciones interconectadas que generarán la recompensa. La maquinaria del llamado sistema mesolímbico dopaminérgico del cerebro se activa tras recibir las señales desde los diferentes sentidos, segregando dopamina y otras moléculas opioides que impactan en el organismo a diversos niveles produciendo sutiles o potentes efectos agradables.
Sabemos que lo que en un contexto de hambruna aumentaría las posibilidades de supervivencia, por su composición y contenido energético, es lo que hoy llamamos productos palatables, que son los de mayor contenido en grasa, azúcar y sal. No es casualidad, por tanto, que estos sean los que producen un “chute” más intenso de dopamina que nos hace sentir bien, incita a seguir comiendo y graba en la memoria ese efecto para repetir la experiencia con aquello que estamos saboreando.
En el nivel de recompensa que nos proporciona lo que degustamos, influyen características del alimento como la composición, el sabor, el olor, la textura o el aspecto, que tienen un impacto sobre la bioquímica corporal. Pero además, cada vivencia está condicionada por gustos personales y experiencias pasadas con esa comida.
Sin embargo, nuestra conducta alimentaria no es un asunto meramente nutricional, ni sigue siempre la sencilla secuencia: “tengo hambre”– “como para sobrevivir” – “sentimiento de bienestar”.
Nuestro enrevesado cerebro, con la intención de ayudarnos, como siempre, en algún momento pensó: ¿Y si cuando me encuentre mal utilizo alimentos sabrosos para sentirme mejor? Probó y de algún modo funcionó.
Aprendimos que esa recompensa, originada para satisfacer el hambre y necesidades de equilibrio biológico, también funciona para aliviar otros tipos de malestar.
Los seres humanos somos buscadores de placer y de estrategias para huir del sufrimiento. No hay nada malo en usar ocasionalmente la oportunidad que nos ofrece la comida para reconfortarnos.
En este contexto, se habla de comer emocional cuando la aparente hambre que sentimos y las decisiones que tomamos al respecto, están ligadas a emociones. Con frecuencia se afirma que tal comportamiento es fuente de conflictos y se puede caer en el error de considerar que cada vez que comemos emocionalmente tenemos un problema. Pero ¿acaso somos seres puramente racionales? ¿no crees que en todas nuestras decisiones median de algún modo emociones?
Cuando nos reunimos alrededor de la mesa, compartimos platos, celebramos o disfrutamos de una comida que nos recuerda a una feliz infancia, además de nutrición existe conexión, satisfacción y emoción. Esto también es comer emocional o como indica la maestra zen Jan Chozen Bays hambre de corazón.
Permitirnos comer emocionalmente es darnos permiso para disfrutar de la comida por el puro placer de que nos hace sentir mejor y esto forma parte de los múltiples modos de acercarnos a esta experiencia.
Las dificultades pueden venir cuando el patrón de usar la comida como vía de escape o para tapar emociones se convierte en un hábito, intenso y rígido que lleva a conductas que dificultan el autocuidado. Este aferramiento al placer a través de la comida puede convertirse en una necesidad de alivio de tristeza, enfado, frustración, cansancio, estrés, ansiedad o aburrimiento, ante la ausencia de recursos para permanecer o gestionar estas situaciones.
Tomar conciencia de la relación que tenemos con el placer a través de la comida es un interesante ejercicio de autoconocimiento para comprender, regular o disfrutar más mientras nos cuidamos. Esta exploración requiere prestar atención y activar las habilidades de Mindfulness, de la Alimentación Consciente y de la Autocompasión.
Comparto estos mindfultips que te pueden ayudar en esta indagación:
Identifica las distintas caras del placer que pueden manifestarse en ti:
Sigue estas pistas para identificar el comer emocional y diferenciarlo del hambre física:
Crea espacio para responder en vez de reaccionar:
Si te “pillas” en un episodio de comer emocional, para, respira y conviértete en tu “yo observador”:
Lleva Presencia a tu experiencia:
Sea cual sea tu forma de acercarte a la comida y al placer, permítete estar presente en la experiencia que se despliega, con una mirada no enjuiciadora y reconociendo que el placer no es bueno ni malo. Es agradable.
Invita a todos los sentidos a sentarte contigo a la mesa. Saborea profundamente cada bocado como si fuese la primera vez, dejándote sorprender por lo que sea que aparezca, sosteniéndolo para hacerlo más vívido.
Observa que los primeros bocados son los más placenteros y usa esta percepción como elemento de regulación para decidir cuándo parar.
Investiga qué parte de ti te dice que lo que sientes es agradable o reconfortante. ¿Es un pensamiento? ¿Son sensaciones? ¿Son emociones?
Agradece y celebra sin aferramiento el privilegio de esta experiencia necesaria para nuestra salud y bienestar. Disfruta de esta felicidad transitoria.
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