Publicación de Habitar el Tiempo
Una exploración de los resortes psicológicos, sociales y éticos que nos mueven entre ayudar y aprovecharse cuando todo se tambalea.
En los primeros días de la pandemia del COVID-19, muchas personas recordarán escenas que parecían salidas de una película distópica: vecinas organizando redes de apoyo para hacer las compras a los mayores, balcones convertidos en escenarios de música y agradecimiento, colectivos movilizándose para apoyar a los sanitarios, donaciones espontáneas, gestos de empatía que superaban barreras políticas o ideológicas.
Pero apenas unos meses después, otras escenas empezaron a imponerse: acaparamiento de recursos, subida injustificada de precios, bulos interesados, empresas sacando ventaja de la vulnerabilidad general, y una creciente fragmentación social. Lo que en un principio había parecido un despertar colectivo hacia la solidaridad y la conciencia común, se fue disolviendo bajo el peso de una inercia conocida: el “sálvese quien pueda”.
¿Qué nos dice esta oscilación? ¿Qué revela de la condición humana? ¿Somos seres esencialmente egoístas que sólo cooperamos cuando nos conviene? ¿O hay algo más complejo, más dramático y también más esperanzador en esta dinámica?
La psicología evolutiva sugiere que el ser humano está configurado por dos tendencias fundamentales: la cooperación y la competencia. Ambas han sido esenciales para nuestra supervivencia como especie.
Cooperamos porque somos seres sociales. Desde tiempos remotos, vivir en grupo ofrecía más posibilidades de subsistir ante los peligros del entorno. Pero también competimos, porque los recursos son limitados y asegurar nuestro lugar dentro del grupo —o frente a otros grupos— ha sido un mecanismo de defensa y reproducción.
Estas dos fuerzas coexisten en tensión. Lo que cambia es el contexto que las activa. En situaciones de amenaza aguda, como una catástrofe repentina, el impulso de ayuda mutua suele ser inmediato. Se despierta lo que algunos llaman “altruismo de emergencia”. La solidaridad emerge como un reflejo colectivo. Las diferencias se suspenden momentáneamente y se afirma el sentido de pertenencia: “Estamos juntos en esto”.
Pero cuando la amenaza se prolonga —como ocurrió durante la pandemia o en crisis económicas o bélicas sostenidas—, se activa otro mecanismo: el miedo crónico, que erosiona la confianza y agudiza la percepción de escasez. La mente comienza a replegarse. Lo que era un “nosotros” se convierte en un “yo”. Aparece la tentación de aprovechar la situación, de asegurar la ventaja, incluso a costa de los demás.
Esta transición tiene también una base neurobiológica. El cerebro humano está diseñado para responder al peligro mediante lo que se conoce como la respuesta de estrés: activación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, liberación de cortisol y adrenalina, hiperalerta, atención focalizada en amenazas.
En el corto plazo, esta reacción es adaptativa. Pero cuando el estrés se vuelve crónico, se produce una disfunción. El sistema límbico —especialmente la amígdala, centro de procesamiento del miedo— domina el funcionamiento del cerebro. Se reduce la actividad de la corteza prefrontal, que es la que nos permite planificar, empatizar, inhibir impulsos y tomar decisiones éticas.
Dicho de forma simple: bajo miedo prolongado, pensamos peor, sentimos menos al otro, y tomamos decisiones más impulsivas o egoístas.
Esto no nos hace “malos”. Nos hace humanos. Pero también señala la importancia de aprender a regular nuestras respuestas internas, para no dejarnos arrastrar por impulsos que a la larga solo aumentan el sufrimiento.
Más allá de lo biológico, es importante mirar el contexto cultural. Vivimos en sociedades donde el éxito personal, la productividad y el rendimiento se valoran por encima del bienestar común. El individuo se coloca en el centro, y el sistema recompensa el sacar ventaja, no la solidaridad.
En ese marco, no es de extrañar que, ante una crisis, muchos vean la oportunidad de “sacar tajada”. Desde quienes especulan con bienes básicos hasta quienes montan discursos públicos que instrumentalizan el miedo para ganar poder.
El oportunismo se convierte así en una reacción “normalizada”. No porque sea moralmente justificable, sino porque el sistema ya lo premia en tiempos normales. En tiempos de crisis, simplemente se vuelve más visible.
Desde las tradiciones contemplativas —como el budismo en su raíz ética y mindfulness—, este fenómeno tiene otra lectura: cuando el ego se siente amenazado, se cierra. Se contrae. Pierde su capacidad de ver más allá de sus propios intereses. El “yo” se convierte en el centro absoluto, y todo lo que no lo favorece se percibe como un obstáculo.
Este tipo de cierre puede tomar formas sutiles: justificar pequeñas trampas, minimizar el daño que causamos, convencernos de que “todo el mundo haría lo mismo”.
Pero en lo profundo, lo que ocurre es que dejamos de estar presentes. El miedo nos desconecta del momento. Y en esa desconexión, la compasión se apaga.
El maestro zen Thich Nhat Hanh decía, «cuando somos capaces de mirar nuestro miedo con plena conciencia, descubrimos que no necesitamos seguir dañándonos a nosotros mismos ni a los demás.»
Practicar mindfulness no significa ignorar la crisis o negar la necesidad de protegernos. Significa estar en ella con lucidez, reconociendo lo que sentimos sin quedar atrapados por ello. Sólo así podemos responder —no reaccionar— desde un lugar más sabio y humano.
La gran pregunta no es si el oportunismo existe —sabemos que sí—, sino cómo cultivamos los recursos internos y colectivos para no dejarnos arrastrar por él. Algunas claves:
1. Reconocer nuestras propias reacciones sin juicio.
Todos tenemos impulsos egoístas. Verlos con honestidad y sin condena es el primer paso para no actuar desde ellos de forma automática.
2. Practicar la pausa.
En medio de la incertidumbre, parar, respirar y observar lo que está pasando dentro de nosotros permite recuperar presencia. La pausa interrumpe la cadena del miedo y abre espacio para responder de otras formas.
3. Recordar la interdependencia.
Ninguno de nosotros se sostiene solo. Aunque el discurso dominante lo niegue, estamos profundamente entrelazados. Cuidar al otro es cuidarnos. Esta no es una frase bonita: es una verdad estructural.
4. Entrenar la compasión como una habilidad.
No es una emoción espontánea. Es una capacidad que se cultiva con práctica, con atención, con disposición a mirar el sufrimiento sin huir. Y con decisiones concretas.
5. Sostener redes humanas reales.
La confianza no se decreta: se construye. Y para ello hacen falta vínculos, espacios de escucha, prácticas comunitarias. No basta con “ser buena persona”: necesitamos sostenernos mutuamente.
Las crisis son espejos incómodos. Nos muestran lo que somos cuando se cae la máscara del control. Y en ese reflejo aparecen nuestras sombras: miedo, codicia, indiferencia. Pero también pueden aparecer nuestra fuerza, creatividad, ternura.
Frente al oportunismo que desgarra, podemos entrenar la conciencia que integra. Frente al miedo que divide, podemos cultivar el coraje de permanecer con el corazón abierto. No es un camino fácil. Pero es el único que puede sostenernos a largo plazo, como personas y como especie.
La próxima vez que una crisis nos empuje hacia la reactividad, quizás podamos hacer una pausa y preguntarnos:
¿Qué respuesta ayuda a construir un mundo donde valga la pena vivir juntos, incluso en medio de la incertidumbre, el miedo e incluso el dolor?
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