Somos narradores compulsivos. Vamos por la vida contándonos historias sobre quiénes somos, qué nos pasó, cómo llegamos hasta aquí. «Yo soy así», «a mí siempre me pasa lo mismo», «con lo que viví, no es raro que sea como soy». Y oye, tiene sentido: necesitamos algo que nos ordene el caos. Así que nos montamos una historia coherente que nos da una sensación de continuidad, de control. Un relato que nos acompaña, nos explica… y a veces —muchas veces—, sin querer, nos encierra.
Porque el problema no es tener una historia, sino vivir atrapados en ella.
Nuestra biografía no es una cámara de vídeo grabando hechos objetivos. Es más bien como esas viejas cintas de casete que ibas grabando encima una y otra vez. Lo que recordamos ya ha pasado por mil filtros: emociones, creencias, distorsiones. Y a base de repetirlo, lo damos por cierto. Así que construimos un “yo” que no vive en el ahora, sino en una especie de eco del pasado. No respondemos a lo que pasa, sino a lo que creemos que pasa. Y ahí empezamos a funcionar en automático.
Hay una historia conocida que ilustra muy bien esto:
Un hombre ve a un enorme elefante en un campamento, atado con una simple cuerda a una estaca clavada en el suelo. El animal, claramente fuerte, podría soltarse con facilidad, pero no lo hace.
—¿Por qué no escapa? —pregunta sorprendido.
—Porque de pequeño intentó soltarse y no pudo —le responden—. Aprendió que no podía… y nunca más lo volvió a intentar.
Esa estaca mental es la historia que nos contamos sobre quiénes somos. Una idea aprendida hace años —quizás cuando no teníamos recursos ni fuerza— que seguimos creyendo aunque ya no sea cierta. Y ahí seguimos: repitiendo guiones antiguos, sin probar otra cosa.
El problema no es la memoria, sino identificarnos con ella. Pensar que “yo soy mi historia” es como querer conducir un coche mirando solo por el retrovisor. Puede que sepas de dónde vienes, pero no ves lo que tienes delante. Y claro, cuando llega algo nuevo —una relación distinta, una oportunidad, una emoción inesperada— la descartamos si no encaja con el guión que ya tenemos escrito. Nos aferramos a etiquetas que nos tranquilizan pero nos limitan: “la fuerte”, “el que no sabe amar”, “la que siempre tropieza con la misma piedra”.
Y así vamos, atrapados entre un pasado que seguimos rumiando y un futuro al que proyectamos nuestras cuentas pendientes. Y el presente, ese sitio donde realmente pasa la vida… lo dejamos para después. Como si fuera un pasillo de paso, no el lugar donde sucede todo.
Cuando vivimos así, el cuerpo está en 2026 pero la cabeza sigue en 2009 o en el «ya verás cuando consiga…». Y eso se nota en cómo sentimos. Un comentario inocente nos pincha la herida vieja. Una situación neutral se vive como amenaza. Una posibilidad nueva se percibe como trampa. Y no es que seamos tontos: es que el relato viejo está conduciendo sin que lo veamos.
Pero también se puede vivir de otra manera. Estar presentes no es flotar en el aire ni «hacerse el zen». Es simplemente estar aquí, disponibles para lo que hay, sin meterlo enseguida en la caja de «esto encaja conmigo» o «esto me recuerda a cuando…». No se trata de negar la historia personal, sino de dejar de confundirla con lo que somos ahora. El presente no necesita explicaciones para vivirse.
Y cuando soltamos un poco esa necesidad de saber exactamente quiénes somos —cuando dejamos de revisar el personaje— aparece algo más ligero. Respiras. Escuchas. Sientes. Y por un rato, no estás pendiente de si esto te define o no. Simplemente vives.
Claro, esto puede dar miedo. La historia personal nos da la sensación de que controlamos algo, de que sabemos por dónde vamos. Pero quizás no se trata de soltar el suelo, sino de darte cuenta de que ya lo estás pisando. Que la vida no necesita ser narrada en todo momento para ser vivida.
Porque al final, vivir desde el relato es vivir en una abstracción. Una imagen mental de ti mismo que no siempre refleja lo que realmente eres. El presente, en cambio, es otra cosa: es inmediato, concreto, no se deja atrapar. Es ese sitio donde, si dejas de hablar de ti por un momento, ocurre la vida.
Tal vez la invitación no sea tirar la historia por la ventana, sino aprender a ponerla en su sitio. Que nos acompañe, sí. Que nos enseñe, claro. Pero que no se siente al volante. Porque el único lugar donde realmente estás vivo —donde respiras, eliges y puedes cambiar algo— es aquí. En este instante. Una y otra vez, AHORA.
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