Publicación de Habitar el Tiempo

Fluir NO es ponerse de perfil

Fluir no es ponerse de perfil

Vivimos en una época donde el lenguaje del desarrollo personal ha incorporado con entusiasmo el verbo “fluir”. Se nos invita a “fluir con la vida”, “fluir con lo que es”, “fluir con los cambios” como si eso fuera sinónimo de sabiduría, adaptación e incluso iluminación. Sin embargo, en esa aparente ligereza se esconde a menudo una confusión peligrosa: fluir no es lo mismo que evadir. No es lo mismo que mirar hacia otro lado. No es lo mismo que ponerse de perfil.

“No confundas la paz con la parálisis ni el amor con la complacencia.”
bell hooks

Esta confusión no es inocente. Nos dice mucho sobre cómo evitamos el conflicto, la incomodidad o el compromiso en nombre de una falsa paz interior. Por eso conviene detenernos y diferenciar con claridad lo que implica un verdadero estado de fluidez —que tiene una base experiencial, ética y activa— de una postura pasiva, ambigua o desvinculada que a veces se disfraza de espiritualidad o madurez emocional.

¿Qué es “fluir”? Una mirada más precisa

El concepto de “flujo” (flow) fue popularizado por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi para describir esos estados de máxima concentración, presencia y disfrute en los que la persona está completamente inmersa en una actividad significativa. No se trata de una rendición pasiva, sino de una implicación total: la mente no divaga, el ego no interfiere, el tiempo se diluye. Hay una entrega plena al presente.

“Fluir es dejar que la vida ocurra sin perder tu capacidad de responder a ella.”
Jon Kabat-Zinn (parafraseado)

En las tradiciones meditativas, también encontramos esta noción de fluidez, pero asociada no tanto a una actividad concreta como a una forma de estar en el mundo: una presencia abierta, atenta, sin lucha contra lo que surge pero tampoco sin resignación. No hay resistencia, pero tampoco desentendimiento. El meditador no es un espectador frío, sino una conciencia lúcida e íntimamente conectada con lo que ocurre.

“Cuando dejo de ser quien soy, me convierto en lo que podría ser.”
Lao Tse

Fluir, desde esta perspectiva, implica alineación, no indiferencia. Requiere sensibilidad, discernimiento y coraje. Es un estado de madurez en el que uno se relaciona con la realidad tal como es, sin filtros defensivos, pero con capacidad de respuesta. En el Zen, se habla de “responder adecuadamente” al momento presente. Esa es la verdadera fluidez: presencia que ve, que siente, que actúa.

Ponerse de perfil: la trampa para no comprometerte

¿Y qué significa “ponerse de perfil”? En lenguaje cotidiano, alude a una actitud de evasión. Una forma de no «mojarse», de no tomar partido, de mantenerse a salvo en la ambigüedad. Es una postura que suele disfrazarse de prudencia, pero que en el fondo suele esconder miedo al conflicto, inseguridad o comodidad.

“La espiritualidad que no toma partido por lo concreto se vuelve complicidad con el status quo.”
Thomas Merton

Ponerse de perfil puede adoptar muchas formas:

  • No intervenir ante una injusticia o abuso, argumentando que “no es mi asunto”.
  • No expresar una opinión clara para no incomodar.
  • Evitar una conversación difícil en nombre del “respeto” o la “armonía”.
  • Desvincularse emocionalmente de una situación compleja diciendo “yo fluyo”.

Pero en realidad, esta actitud no tiene nada que ver con la verdadera fluidez. Más bien tiene que ver con una forma sutil de inercia emocional o moral, que deja a otros el peso del mundo. Y aunque a corto plazo puede parecer una estrategia de supervivencia, a largo plazo suele generar culpa, desconexión y falta de sentido.

Una historia: cuando el fluir sirve para justificar lo que no se quiere ver

“No hay sabiduría sin coraje para mirar lo que no queremos ver.”
Pema Chödrön

Hay un patrón común en muchas personas que se entregan con intensidad a una causa noble, pero que sin darse cuenta se colocan en un rol mesiánico: el de la salvadora, la única que ve, la única que cuida.

Este fue el caso de Carmen, una madre jubilada, que con los años se había volcado con alma y vida a la defensa de los animales. Su sensibilidad hacia el sufrimiento de los perros callejeros era real, pero también se había convertido en su identidad, su terreno de certezas y batallas.

Una noche, pasada la medianoche, toca la puerta de su hija, visiblemente exaltada. Trae consigo dos perros que, según ella, estaban abandonados y en peligro en una calle cercana.

—¡Los recogí antes de que los atropellaran! ¡Estaban solos, nadie los cuidaba! —dice mientras entra sin pedir permiso.

Su hija, agotada después de una jornada larguísima de trabajo, apenas puede reaccionar. Los perros están tranquilos, bien cuidados, tienen collar, y seguramente un chip localizador. Pero Carmen no escucha. Ya ha llamado a la policía para que vengan a buscar a los dueños. Está convencida de que está haciendo lo correcto. De que ella es la única que está viendo lo que otros ignoran.

La hija intenta calmarla, invitarla a considerar otra posibilidad:

—Mamá, no parecen perros callejeros. Tal vez se escaparon un rato y ya estarían volviendo a casa. Esto puede alarmar a los dueños, incluso pueden pensar que alguien se los robó. ¿Y si nadie viene esta noche? ¿Qué hacemos con ellos aquí?

Pero Carmen no oye. Está tan tomada por su rol que cualquier matiz, cualquier duda, cualquier llamado al sentido común suena como una amenaza. Como si fuera injusto poner límites a su cruzada. Y entonces responde, sin mirarla del todo:

Hay que fluir.

Como si fluir significara aceptar lo que ella hace sin cuestionarlo. Como si la otra tuviera que adaptarse a su impulso, a su narrativa, a su urgencia. Como si la empatía fuera unidireccional.

Lo que en teoría es sensibilidad, en la práctica se vuelve imposición. Lo que se presenta como entrega, se vive como invasión de los límites del otro. Y de nuevo, el “fluir” se usa como escudo: para no escuchar, para no detenerse, para no hacerse preguntas incómodas.

“La compasión sin límites es autodestrucción.”
Jack Kornfield

Lo que en teoría es sensibilidad, en la práctica se vuelve imposición. Lo que se presenta como entrega, se vive como invasión de los límites del otro. Y de nuevo, el “fluir” se usa como escudo: para no escuchar, para no detenerse, para no hacerse preguntas incómodas.

Fluir es estar disponible, no desaparecer

“Aceptar no es resignarse: es mirar de frente para decidir con libertad.”
Viktor Frankl (parafraseado)

Otra de las trampas más frecuentes en el camino del mindfulness es la espiritualización de la evitación. Personas que, en nombre de la aceptación, renuncian a poner límites. Que, en nombre del desapego, renuncian a la intimidad. Que, en nombre de “no aferrarse”, renuncian a sostener vínculos o compromisos.

Fluir no es desaparecer. Fluir es estar ahí. Es escuchar sin huir, mirar el conflicto a los ojos, habitar la incertidumbre sin rendirse ni endurecerse.

“Estar verdaderamente presente significa estar disponible sin invadir, actuar sin imponer y amar sin desaparecer.”
Inspirada en Thich Nhat Hanh

Requiere una forma de presencia valiente, suave y firme al mismo tiempo. Lo que el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh llamaba “estar verdaderamente presente” —con uno mismo, con el otro, con el dolor, con el mundo.

El arte de sostener sin controlar

“La madurez no consiste en tener respuestas rápidas, sino en soportar la complejidad sin traicionarse.”
Mark Nepo

El verdadero fluir implica no forzar las cosas, pero tampoco abandonarlas. Es ese espacio intermedio (que trabajamos en nuestras formaciones como «camino medio») donde uno acompaña el proceso sin perderse ni perder al otro. Implica poder nombrar sin imponer, escuchar sin anularse, sostener desacuerdos sin romper el vínculo.

Esto se ve con claridad en las relaciones. Fluir no es dejar que todo pase sin decir nada. Es poder nombrar lo que sentimos sin querer imponerlo. Es escuchar sin anularse, sostener desacuerdos sin romper el vínculo. Es permitir que el otro sea, sin dejar de ser uno mismo.

Implica madurez. Y la madurez —como recordaba el filósofo Mark Nepo— no consiste en tener respuestas rápidas, sino en soportar la complejidad sin traicionarse.

Cuando mindfulness se confunde con pasividad

“La atención verdadera genera acción ética.”
Joan Halifax (idea clave de su posicionamiento)

Muchos de quienes practicamos o enseñamos mindfulness hemos visto este fenómeno: personas que, al comenzar a meditar, sienten un gran alivio al descubrir que no tienen que reaccionar a todo. Que pueden observar sus pensamientos sin identificarse. Que pueden soltar muchas de sus compulsiones emocionales.

Esto es tremendamente valioso. Pero si no se profundiza, puede convertirse en una zona de confort disimulada. Uno deja de reaccionar, sí, pero también deja de implicarse. Se vuelve espectador incluso de su propia vida.

Es aquí donde el camino meditativo puede necesitar una reorientación ética y encarnada. Porque mindfulness no es anestesia. No es un “dejar pasar todo” indiscriminadamente. Es una herramienta para ver con más claridad y actuar con más libertad. Y eso incluye, a veces, decir “no”, poner límites, asumir responsabilidades difíciles, llorar, protestar, implicarse.

Una brújula para discernir

¿Cómo saber si estamos fluyendo o poniéndonos de perfil?

Algunas preguntas pueden ayudarnos a discernir:

  • ¿Estoy evitando algo que sé que necesita ser mirado?
  • ¿Estoy dejando pasar esto por miedo al conflicto o desde una aceptación genuina?
  • ¿Estoy conectado con lo que siento o me estoy desconectando para “estar en paz”?
  • ¿Estoy actuando con responsabilidad o simplemente buscando comodidad?
  • ¿Lo que llamo fluidez me está acercando más a la vida o me está alejando de ella?

Responder con honestidad a estas preguntas puede ser incómodo. Pero también profundamente revelador. Porque en el fondo lo sabemos: el cuerpo lo sabe, el corazón lo sabe. Solo que a veces no queremos mirar.

“La madurez espiritual se mide no por cuán en paz estás, sino por cuánta verdad puedes sostener sin huir.”
Inspirada en David Whyte

Fluir como implicación consciente

Vamos a proponer una definición más exigente —pero también más liberadora— de lo que significa “fluir”:

«Fluir es estar plenamente disponible para la vida, tal como es, sin dejar de ser uno mismo.»
Frase original

No es adaptarse sin límites, sino aprender a responder sin perderse. No es dejar que todo ocurra sin criterio, sino dejar que la realidad se exprese sin añadir sufrimiento. No es dejar de actuar, sino actuar desde una base de presencia y no de compulsión.

Fluir así es un arte. Un entrenamiento. No surge de la teoría, sino de una práctica continua de escucha, de presencia, de revisión de nuestras motivaciones. Y sobre todo, de una decisión ética de estar en el mundo con integridad.

“No se trata de fluir con todo, sino de fluir con verdad.”
Frase original

La honestidad como principio

La verdadera fluidez es hija de la honestidad. No una honestidad “sin cuartel”, que impone lo que uno piensa sin cuidar al otro. Sino una honestidad amable, que no se traiciona ni traiciona. Que se atreve a estar. Que no se esconde detrás de frases bonitas o conceptos espirituales para evitar lo incómodo. 

Estar presente no es lo mismo que no hacer nada. Presencia es responsabilidad.

Fluir, entonces, no es flotar. Es permanecer donde solemos huir, vivir desde la conexión y no desde el miedo.
Y eso, aunque a veces duela, es mucho más libre que ponerse de perfil.

No te lo creas...

  • Kabat-Zinn, J. (2003). Mindfulness-based interventions in context: Past, present, and future. Clinical Psychology: Science and Practice, 10(2), 144–156. https://doi.org/10.1093/clipsy/bpg016

    Básico para entender el mindfulness como una actitud ética y consciente frente a la vida, no como pasividad.

  • Nakamura, J., & Csikszentmihalyi, M. (2002). The concept of flow. In C. R. Snyder & S. J. Lopez (Eds.), Handbook of positive psychology (pp. 89–105). Oxford University Press.

    Desarrollo original del concepto de “flow” como estado de máxima implicación, no como rendición o evasión.

  • Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. Guilford Press.

    Aunque no centrado exclusivamente en mindfulness, este enfoque terapéutico ayuda a entender cómo evitar la evitación experiencial sin perder flexibilidad.

  • Pema Chödrön (2004). Los lugares que te asustan. Una guía para desarrollar la valentía en momentos difíciles. Editorial Oniro.

Una invitación cuidadosa a habitar lo que duele, a mantener la presencia sin huir, sin suavizar la experiencia.

  • Tara Brach (2004). Aceptar radicalmente. Abrazar tu vida con el corazón de un Buda. Editorial Gaia.

Una obra que equilibra compasión y firmeza, eliminando la pasividad dignificada como espiritualidad.

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