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Vida cotidiana - II: la alimentación

Comer mientras comemos, estar en lo que estamos, entrenar la plena atención también cuando comemos, nos puede ayudar a disminuir la ansiedad, a disfrutar del hecho de alimentarnos, a estar en el momento presente… unas cuantas veces al día.

Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos». Eduardo Galeano: Patas Arriba: la escuela del mundo al revés. 2005

Cuando voy por la calle, veo los estantes de las tiendas abiertas casi 24 horas con muchos productos de alimentación envueltos en plásticos, que con frecuencia han recorrido miles de kilómetros desde distintos lugares del planeta antes de llegar a nuestras manos.

Leo la composición con esa retahíla de sustancias que nada tienen que ver con el alimento.

Cuando estoy en consulta, atiendo relatos relacionados con trastornos de alimentación. «Tengo tanta ansiedad que como todo el día», «no quiero comer, hago dieta y luego me la salto y no puedo parar», «no cocino, como cualquier cosa», «como sobre todo polos y yogures porque no me llega el dinero para otra cosa», «como mal, salgo de casa sin desayunar, le compro al niño un donut y se lo come camino del cole»…

El desorden en la alimentación es un factor muy habitual en los trastornos que llegan a consulta, desregulación de las funciones relacionadas con la comida: no se hace compra de productos frescos, no se cocina, no se come de forma regular, se calma el apetito con productos envasados y saturados de sabor, de manera que el paladar termina no queriendo alimentos sin salsas o sabores artificiales. Se come deprisa y atropelladamente, mientras se ve la tele, se sale corriendo, se discute…

Quizás ustedes digan: ¿y si el problema es que no tengo dinero para comprar comida, o no tengo tiempo para cocinar? Entonces, podemos pensar en varias direcciones:

Por una parte, tomar conciencia de que, utilizando la expresión al uso, cuando se habla de nutrición o de industria agroalimentaria desde una perspectiva crítica: “somos lo que comemos”. Yo creo que también somos lo que sentimos, lo que pensamos, lo que hacemos, lo que soñamos y, como dice Galeano, también “lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

En la parte en la que somos lo que comemos, lo cierto es que nuestras células se nutren con los componentes que ingerimos. Se puede pensar en los nutrientes que le convienen al cuerpo humano y en aquellas sustancias que le pueden dañar (grasas polisaturadas, alcohol, azúcares…). A continuación, estaría bien hacer cuentas para ver si sale más caro un plato precocinado o un kilo de patatas, las empanadillas congeladas o la verdura del tiempo; los nuggets preparados de pollo o un pollo entero; o pensar en el cocido de nuestra infancia con el quecomíamos varios días platos de distintos sabores y texturas. 

Si todavía nos quedan ganas de ejercitar la mente, podemos preguntarnos quiénes son los beneficiarios de nuestro mal comer, así como a hacer un mapa del recorrido de muchos productos envasados para vercuántos kilómetros han recorrido, cuánta gasolina se ha consumido y cuánta posible mano de obra hay, probablemente explotada, hasta que los productos llegan al estante del supermercado o hasta el plato de nuestra mesa, y compararlo con el pequeño recorrido de los tomates que podemos cultivar, intercambiar o comprar en el mercadillo de los sábados, o en los puestos de nuestros mercados.

A estas alturas del relato podemos preguntarnos qué tiene que ver todo esto con la salud mental, con el bienestar subjetivo.

Puede tener bastante que ver. Muchos trastornos de alimentación tienen una relación directa con la ansiedad: a mayor ansiedad, más desorden en la alimentación, y a mayor desorden, más ansiedad. La no regulación de la función básica de la alimentación tiene en ocasiones como origen la depresión, a la vez que la alimenta, «no puedo cocinar, no tengo ganas de salir, no sé hacerlo mejor…».

Además, salir a la compra puede activar a personas que están inactivas, permite establecer relaciones sencillas a quienes viven en un casi total aislamiento, compartir la comida puede facilitar compartir también conversación y convivencia (siempre que apaguemos la tele un rato); cocinar puede ser una actividad relativamente fácil y con posibilidades de progreso, aprendizaje y mejora para personas que creen que ya no pueden aprender nada o que no sirven para nada.

A la vez, retomando todo lo demás que también configura lo que somos, en la medida en que somos lo que pensamos, lo que hacemos, lo que sentimos, y en la medida en que la alimentación es una actividad que hacemos a diario, la manera en la que nos relacionamos con esa rutina, nos ayuda o nos dificulta el equilibrio de otras facetas más “importantes” de la vida: cómo nos organizamos la vida cotidiana, el trabajo, el cuidado personal y el del entorno en el que vivimos, elcuidado de las personas de las que somos responsables. El desarrollo de nuestros propósitos y proyectos y de nuestra posibilidad de disfrutar. Nuestra capacidad de sobreponernos a la pereza, al “no tengo ganas”, o a poner en duda nuestro posible autoconcepto erróneo, el “no soy capaz”.

La ventaja es que alimentarnos es una actividad sencilla y cotidiana, que casi todas las personas afortunadas que no estamos obligados apasar hambre, tenemos la suerte de realizar a diario, y varias veces al día.

Comer mientras comemos, estar en lo que estamos, entrenar la plena atención también cuando comemos, nos puede ayudar a disminuir la ansiedad, a disfrutar del hecho de alimentarnos, a estar en el momento presente… unas cuantas veces al día.

Podríamos decir que es una actividad al alcance de la mano, que nos permite entrenar hábitos saludables; en particular, el mecanismo interdependiente “esfuerzo-satisfacción”, que podemos aplicar después a otras costumbres más complejas de la vida.

Por eso, esta entrega de la serie sobre salud y vida cotidiana, la he dedicado a las costumbres con la alimentación que, además de tener mucho que ver con nuestra salud física, también lo tienen con la salud psíquica y el bienestar emocional.

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