Publicación de Habitar el Tiempo
Gracias en parte a lo que me muestra cada lunes mi pequeño paseo matutino, ¿qué es lo que más prescribo en consulta?: regularizar las funciones básicas de la vida cotidiana
Charo Rubio
Caminar y otras pequeñas rutinas cotidianas
«La salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no la mera ausencia de enfermedad o minusvalía. La salud es un recurso de la vida cotidiana, no el objetivo de la vida. Es un concepto positivo que subraya los recursos sociales y personales así como las capacidades físicas.» Organización Mundial de la Salud, 1986.
Un modelo de vida que enferma. Las pequeñas rutinas ¿sin importancia?
Sobre las nueve de la mañana, cada lunes bajo del autobús en un municipio de Madrid en el que abundan carriles bici, caminos sombreados junto a las carreteras de dos o cuatro carriles para los coches (sí, esa realidad también existe: les invito a recorrer municipios de tamaño medio en la Comunidad de Madrid hasta averiguar a cuál me refiero). Es la hora de entrada a los colegios e institutos. Suelo bajar del autobús en alguna parada anterior a la mía para disfrutar del paseo, antes de emprender una larga y sedentaria jornada de trabajo como psicoterapeuta.
Sin embargo, aun siendo la hora de entrada a colegios e institutos, como he mencionado, no me cruzo apenas con nadie caminando por la calle, sí con muchos coches con una sola persona adulta y un solo niño, niña o joven. Al regreso, paso por más de un centro deportivo –llenos a esas horas y con las luces de las canchas encendidas en invierno–, en el que, de nuevo, personas adultas, generalmente solas, en sus coches, repiten la operación de recogida. Las personas apenas caminan, apenas van con otras.
Cuando inicio la consulta, encuentro cuadros de depresión, acompañados habitualmente de vivencias de inactividad, aislamiento y, con frecuencia, desregulación de las funciones básicas de la vida (alimentación, sueño, horarios…). Cuadros de ansiedad, que cursan con dificultades para conciliar el sueño y limitaciones para desarrollar las actividades habituales de la vida. En ambos casos, generalmente con pautas de medicación. También encuentro cuadros más complejos de malestar y falta de salud, entendida como hemos formulado al principio. En casi todos los casos hay un componente común: las personas “no se reconocen a sí mismas”: no se reconocen en quienes eran y aspiran a ser, cuando estaban sanas y se sentían razonablemente felices.
Ante todo esto, y gracias en parte a lo que me muestra cada lunes mi pequeño paseo matutino, ¿qué es lo que más prescribo en consulta?: regularizar las funciones básicas de la vida cotidiana, hacer ejercicio físico, construir y alimentar activa y adecuadamente sus redes de acompañamiento, afecto y cuidado (pareja, familia, amigos, amigas y todos aquellos formatos que cada cual construye o puede construir), buscar, descubrir y llevar a cabo actividades de interés, participar activamente en la educación de sus hijos e hijas si los tienen, acompañar y cuidar a sus mayores si es el caso, establecer relaciones constructivas y protagonistas con su entorno, buscar trabajo de forma sistemática si no lo tienen y aspiran a tenerlo, o diseñar y practicar una jubilación activa si están en ese periodo vital.
No son cosas complejas. Regularizar las funciones básicas de la vida cotidiana tiene que ver con algunas de estas pequeñas rutinas:
Quizás ustedes digan: ¿y si el problema es que no tengo ganas de hacer nada de eso, o que no me creo capaz de hacerlo? Entonces, les invito a hacerlo, planteándoselo como un experimento: piensen qué querrían hacer si tuvieran ganas, y prueben a hacerlo sin ganas, “obligándose”. Con ello pueden, en primer lugar, poner a prueba la mayor bomba cognitiva que a veces se nos cuela, que es el “no puedo hacerlo”.
En segundo lugar, comprobar que el mejor facilitador para hacer lo que nos proponemos, no es el “tengo que hacerlo”, sino el “quiero hacerlo porque es mejor para mí, para quienes me rodean, y para la vida que quiero tener”.
En tercer lugar, actuar nos permite observar y constatar cómo, tras haber hecho el esfuerzo de hacer algo desde la desgana y el desánimo, nuestro ánimo mejora durante y tras la actividad, y la vida se puede ir tornando, lenta pero progresivamente, más significativa, interesante y, probablemente, satisfactoria.
Por eso, esta entrega de la miniserie que me propongo desarrollar sobre salud y vida cotidiana, la he dedicado a las pequeñas rutinas “sin importancia” que, lejos de no tenerla, tienen grandes consecuencias para la salud.
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